Durante casi cuarenta años, Mónica Astorga Cremoux vivió bajo la regla del Carmelo. Fue Madre Superiora en Neuquén, construyó vínculos directos con Jorge Bergoglio desde antes de su papado y, desde un monasterio de clausura, impulsó una experiencia inédita de inclusión para mujeres trans en Argentina. Hoy, fuera de la estructura eclesiástica, su historia funciona como una síntesis de tensiones entre fe, poder e identidad, pero también como un registro concreto de decisiones.
—Viviste casi cuarenta años en el Carmelo. Fuiste Madre Superiora en Neuquén, conociste a Bergoglio antes de que fuera Papa y terminaste construyendo un espacio para mujeres trans. ¿Cómo leés hoy todo ese recorrido?
– Lo leo como un proceso. Yo entré muy joven al Carmelo, con una vocación muy clara. Mi vida estaba ahí, completamente. Nunca pensé que iba a terminar pasando por todo esto. Pero también entiendo que lo que fui viviendo me fue llevando a tomar determinadas decisiones. No fue algo planificado. Fue ir respondiendo a lo que aparecía.
—En 2006 golpea la puerta del convento la primera mujer trans. ¿Qué viste ahí?
– Vi a una persona que no tenía a dónde ir. Eso es lo primero. Después todo lo demás. Pero en ese momento fue eso. No fue un gesto heroico ni un programa pastoral. Fue alguien pidiendo ayuda. Abrí la puerta. La hice pasar, nos sentamos a tomar mate, hablamos. Y después de eso empezaron a venir otras. Y ahí me di cuenta de que no era algo aislado, que había una realidad que yo no estaba viendo hasta ese momento.
“Abrí la puerta. Y cuando abrís la puerta a una realidad, ya no podés hacer de cuenta que no existe”.
—¿Cuándo eso deja de ser una respuesta puntual y se transforma en un proyecto?
– Cuando vi que no alcanzaba con ese primer gesto. Porque ellas venían, estaban un rato, se sentían contenidas, pero después tenían que volver a la calle. Y la calle es muy dura. Entonces entendí que había que pensar algo más estable. La casa no nació de una idea teórica. Nació de la urgencia. De ver que si no hacíamos algo concreto, todo seguía igual.
—Construiste la Casa Santa Teresita en Neuquén, doce monoambientes para mujeres trans. ¿Qué significa ese lugar?
– Es un techo. Y parece algo básico, pero no lo es. Para muchas fue la primera vez que tenían un espacio propio. Una llave. Un lugar donde podían cerrar la puerta y estar tranquilas. Y también algo que para mí es muy fuerte: la posibilidad de envejecer. Porque muchas no llegan a viejas. Entonces pensar en un lugar donde puedan vivir y también morir con dignidad, eso cambia todo.
“La posibilidad de no morir en la calle es enorme. Parece mínimo, pero es todo”.
—¿Cómo se sostuvo ese proyecto?
– Con mucho esfuerzo. Hubo donaciones, ayuda de gente que se fue sumando, gestiones. Al principio no había tanto cuestionamiento. Pero cuando el proyecto empezó a crecer, a hacerse visible, ahí empezaron las incomodidades.
—Conocés a Jorge Bergoglio desde 1987. ¿Qué lugar ocupó en este proceso?
– Siempre fue alguien que escuchó. Eso para mí es clave. Nunca me dio órdenes, nunca me dijo qué tenía que hacer. Pero cuando había dificultades, yo sabía que podía escribirle. Y él respondía. Eso, en momentos complicados, es muy importante.
—¿Y después de que fue elegido Papa?
– Seguimos en contacto. No cambió en ese sentido. Para mí lo importante es que él entendía que esto no era una discusión ideológica. Era la vida concreta de personas que estaban sufriendo.
El conflicto con la Iglesia
—Entre 2020 y 2021 empiezan los problemas dentro de tu comunidad. ¿Qué pasó?
– Lo que durante mucho tiempo fue tolerado empezó a ser cuestionado. Primero de a poco, después de manera más directa. Se me pidió que dejara de acompañar a las chicas, que tomara distancia. Que me corriera. Y yo no podía hacer eso. No era algo secundario. Era parte de lo que yo estaba viviendo como vocación.
“Me pedían que me alejara de ellas. Y yo sentía que eso era traicionarlas”.
—¿Sentiste que era algo personal o institucional?
– Había distintas posturas, eso es cierto. Pero quienes tenían poder marcaron una línea. Y esa línea implicaba excluir. En ese marco, lo que yo hacía dejó de ser aceptable.
—Tuviste que dejar el monasterio y te trasladaron a Córdoba. ¿Cómo te impactó?
– Muy fuerte. Entré en una depresión muy grande. Porque perdí todo. Mi casa, mi comunidad, mi forma de vida. Cuarenta años. No es fácil reconstruirse después de algo así.
“Perdí todo de golpe. No es solo un lugar físico, es una vida entera”.
—En 2022 pediste la dispensa de tus votos. ¿Cómo fue ese momento?
– Fue una decisión difícil, pero también necesaria. Ya no había margen para seguir en esa estructura. Y también fue enfrentar una realidad muy concreta: salir sin nada. Sin ingresos, sin aportes jubilatorios, sin red.
—¿Cómo es empezar de nuevo en esas condiciones?
– Es muy difícil. Pero también hay algo que a mí me sostuvo, que es saber que no iba a dejar de acompañar. Eso lo tenía claro. Más allá de todo, eso seguía.
—Hoy trabajás como voluntaria en el Hospital Borda y seguís vinculada a la comunidad trans.
– Sí. Sigo estando cerca, acompañando desde otro lugar. No desde una institución, pero sí desde el vínculo personal, que para mí es lo más importante.
—Decís que la Iglesia no te echó a vos.
– No. A mí me corrieron como consecuencia. Pero lo que no se toleró fue a las trans. Eso es lo que hay que entender. Mi salida tiene que ver con eso.
“La Iglesia no me echó a mí. Echó a las trans”.
—¿Cómo queda tu relación con la fe después de todo esto?
– La fe no cambia. Yo sigo creyendo. Lo que cambia es la relación con la institución. Para mí el Evangelio tiene que ver con estar con quienes quedan afuera. Y eso es lo que sigo intentando hacer.
La ley de identidad de género en Argentina
En Argentina, la Ley de Identidad de Género estableció un marco de reconocimiento de derechos, pero las condiciones de vida de la población trans siguen siendo críticas: baja expectativa de vida, dificultades de acceso a vivienda, salud y empleo formal. En ese escenario, la Casa Santa Teresita en Neuquén se convirtió en una referencia concreta de inclusión habitacional.
—Si tuvieras que resumir lo que pasó en estos años, ¿qué dirías?
– Que abrir una puerta puede cambiar muchas vidas. Pero también incomoda. Y cuando incomoda, aparecen los límites. Y ahí es donde cada uno decide de qué lado está.
