Por Sandra Miguez
La discusión sobre el lugar que deben ocupar las pantallas en la educación argentina no es nueva, pero cada vez es más urgente. No se trata de nostalgia por el cuaderno y el pizarrón, sino de una pregunta más profunda: ¿cómo acompañamos a la infancia en un mundo hiperconectado sin poner en riesgo su desarrollo?
Los expertos coinciden en que la clave está en poner límites claros, con propósito pedagógico. La Sociedad Argentina de Pediatría (SAP) recomienda que “hasta los 2 años los niños no deben estar expuestos a pantallas… mientras que entre los 2 y 5 años el máximo aceptable es una hora diaria, siempre que sean contenidos de alta calidad didáctica, apropiados para su edad y que los vean acompañados por un adulto responsable” .
En la misma línea, la pediatra Silvina Pedrouzo, presidenta de la Subcomisión de TICs de la Sociedad Argentina de Pediatría, recuerda que “el desarrollo emocional y psicofísico del niño se produce a través del juego, las interacciones con el ambiente y con otras personas… comienzan a incorporar significados, normas y valores esenciales para su vida y sus relaciones futuras” .
Desde la práctica clínica también se advierte sobre impactos directos. La doctora en Pediatría Silvia Talfumera señala: “El uso excesivo, dependiendo de la edad, es nocivo; se asocia con trastornos del sueño, sedentarismo, obesidad, problemas visuales, contracturas musculares, ansiedad y sobre todo afecta el desarrollo cognitivo… las consecuencias se vuelven absolutamente perjudiciales” (ANUNM).
En el área oftalmológica, la médica Laura Bortman advierte que “el daño visual más frecuente… es el desarrollo y progresión de miopía… también sequedad en los ojos debido a que por la exposición constante se disminuye la frecuencia de parpadeo” .
Estas miradas no se limitan a la medicina. También pedagogos y especialistas en neurofisiología destacan un riesgo cultural y social. El español Javier Albares, en su libro Generación Zombi, advierte: “Las consecuencias del uso de pantallas en todos los niveles para esta generación son alarmantes… tenemos un cóctel perfecto para que ese desarrollo no se produzca como debería” .
La reflexión que surge es clara: no se trata de eliminar la tecnología de las aulas, sino de integrarla con sentido y límites. Porque como recuerda el investigador Pablo Busó, “estamos en una sociedad sobre apantallada” .
En definitiva, la educación libre de pantallas no significa volver atrás, sino proteger los tiempos y espacios de desarrollo humano más esenciales. En tiempos de hiperconexión, el desafío de la escuela argentina es recuperar el sentido: qué, cómo y para qué educamos con —o sin— tecnología.
