El antropólogo uruguayo Pablo Camacho Spositto viene investigando desde hace años el fenómeno de los movimientos antigénero y antifeministas en la región, en particular el caso de Varones Unidos en Uruguay. En diálogo con Y de repente la noche, reflexionó sobre cómo estos discursos construyen un terreno fértil para justificar la violencia contra las mujeres y los crímenes de odio.
Camacho sostiene que el caso de Pablo Laurta —acusado del doble femicidio de su expareja y su exsuegra, del asesinato de un remisero y del secuestro de su hijo— “no puede analizarse de manera aislada”. Para el investigador, “existe una relación directa entre este tipo de crímenes y la expansión de discursos que los grupos antigénero vienen promoviendo hace años, tanto en Argentina como en Uruguay y otros países de la región”.
Uno de los ejes sobre los que estos grupos construyen legitimidad, explicó Camacho, es la narrativa de las denuncias falsas. “Han instalado la idea de que la mayoría de las mujeres que denuncian lo hacen por despecho o por venganza, pero esto no tiene ningún sustento ni teórico ni científico”, señaló. Según los pocos estudios realizados —como el de la Universidad CLAEH en Uruguay— el porcentaje de denuncias falsas “es ínfimo, completamente marginal respecto al total”.
Sin embargo, la potencia política de ese argumento ha sido enorme. “Incluso el expresidente Lacalle Pou intentó modificar la Ley de Violencia de Género basándose en esta idea. Fue la presión de las organizaciones feministas, la academia y la sociedad civil lo que impidió ese retroceso”, recordó.
Otro concepto recurrente en estos movimientos es el síndrome de alienación parental, una teoría sin validez científica que culpa a las madres por supuestamente manipular a los hijos para denunciar a sus padres. “Es un argumento que cambia el foco del abusador y refuerza su defensa, pese a estar completamente descartado por la psicología y las investigaciones actuales”, advierte Camacho.
El antropólogo subraya que estos discursos “no se quedan en la teoría”: construyen una retórica del odio que habilita la violencia como práctica legítima. “Para muchos de estos grupos, la violencia se convierte en un medio aceptable para frenar el avance del feminismo”, explica. “Abren espacios donde varones violentos encuentran justificación a sus conductas, donde pueden hablar, reforzarse entre ellos y convertir la violencia en un acto de justicia.”
Camacho contextualiza este fenómeno dentro de un retroceso ideológico global. “En Uruguay, gracias a los feminismos y a los movimientos sociales, se habían logrado marcos legales que ampliaron derechos. Para estos grupos, esas leyes significan una pérdida del poder masculino dentro de la familia. Ven el avance de las mujeres y las disidencias como un desequilibrio que hay que corregir”, señala.
Y esa idea de “corregir” está en el corazón de la violencia. “Para ellos, la mujer se excedió. Reclama más de lo que le corresponde. Entonces, disciplinarla se vuelve una forma de restablecer el orden”, agrega.
La narrativa de la “libertad de expresión” también cumple un rol central. “Estos movimientos se presentan como defensores de la libertad de decir cualquier cosa, aunque lo que digan promueva el odio. Pero esa idea de libertad es profundamente individualista: borra la existencia de los colectivos y oculta las relaciones de poder que estructuran la sociedad”, sostiene.
Según Camacho, los grupos antigénero operan construyendo regímenes de verdad. “Ya no importa la evidencia o la investigación, sino quién controla el discurso. Repiten mentiras —como que hay exceso de derechos o denuncias falsas— hasta convertirlas en sentido común. Así logran deslegitimar las luchas feministas y justificar la violencia como reacción ante un supuesto abuso de poder de las mujeres.”
Esa operatoria, advierte, no se limita a los grupos marginales. “Hoy son actores políticos, legisladores, funcionarios y comunicadores quienes reproducen esos mensajes. Por eso se vuelven tan peligrosos: porque generan un marco simbólico que habilita la represión y el control.”
Consultado sobre cómo enfrentar este crecimiento, Camacho propone una mirada integral. “La educación es clave, pero también lo es la política. Muchos de estos movimientos se presentan como apolíticos, pero eso es falso y peligroso. No se puede estar fuera de la política: la política es lo que nos constituye como sociedad”, afirma.
También reclama políticas públicas más efectivas. “Debemos revisar los mecanismos de protección, mejorar las redes estatales que fallaron en casos como el de Laúrta, y repensar el trabajo con los agresores. No solo desde el castigo, sino desde la prevención y la comprensión de los contextos sociales en los que la violencia se reproduce.”
Finalmente, el antropólogo hace un llamado a la memoria colectiva: “Vivimos en un mundo acelerado donde hoy hablamos de un femicidio y mañana de otro tema. Pero no podemos olvidar. Hay muchos grupos como Varones Unidos operando en la región. Si no los observamos, si no entendemos cómo tejen sus redes y difunden sus mensajes, los discursos de odio seguirán creciendo, con consecuencias cada vez más graves”.
