Mujeres sindicalistas: no servimos el café, queremos las compañeras conduciendo la CGT

El Primer Encuentro Nacional de Mujeres Sindicalistas de la Confederación General del Trabajo (CGT), realizado recientemente con la participación de más de mil mujeres de todo el país y representantes de más de sesenta gremios, dejó esa contradicción a la vista: una energía colectiva enorme, pero también un reclamo sobre la participación de las mujeres en el ámbito sindical.

Durante la jornada, las mujeres sindicalistas pusieron en palabras —y en cánticos— una demanda largamente postergada. “No vinimos por la foto, no servimos el café, queremos las compañeras conduciendo la CGT”, fue uno de los lemas más repetidos, registrado en videos compartidos en las redes. Esa frase condensó una demanda firme frente a un modelo sindical que sigue otorgando espacios de representación a cuentagotas y se sostiene en un formato masculinizado.

Del reconocimiento a la representación

El encuentro fue un hecho político significativo: más de mil mujeres dirigentes y militantes debatiendo sobre trabajo, sindicalismo y perspectiva de género. Pero el propio documento final del encuentro marcó el límite del gesto simbólico: las participantes reclamaron “mayor representación en la conducción” y exigieron que la mirada de género se incorpore “en cada debate” del movimiento obrero.

Necesitamos desnaturalizar los sentidos hegemónicos y ampliar nuestra presencia en la conducción sindical”, señalaron las trabajadoras en el texto consensuado.

La masividad del encuentro mostró voluntad y organización. Pero también evidenció que, desde las estructuras formales, la paridad sigue siendo una deuda pendiente: los cargos de decisión permanecen en manos masculinas, y la participación femenina en secretarías o comisiones centrales es todavía marginal.

Las barreras dentro de los gremios

El retroceso en la representación no siempre se da por ruptura, sino por desgaste, desplazamiento o silenciosa exclusión. En un contexto de crisis laboral, precarización y sobrecarga de tareas de cuidado, las mujeres enfrentan mayores obstáculos para sostener su presencia en los espacios de poder sindical.

La precariedad también impacta en la política gremial: menos estabilidad laboral significa menos posibilidad de participar, militar y disputar conducción. Y cuando los debates sindicales vuelven a centrarse en la defensa del “trabajo duro” o la “presencialidad”, las perspectivas de género quedan nuevamente al margen.

Los sindicatos —como muchas instituciones laborales— siguen atravesados por lógicas culturales patriarcales. La incorporación femenina fue pensada como un horizonte, no como un logro consolidado. Cambiar eso implica revisar los estatutos, los criterios de selección de dirigentes, los horarios y las formas de deliberar, además del reconocimiento de trayectorias que históricamente fueron invisibilizadas.

A la vez, las tareas de cuidado siguen recayendo de forma desproporcionada sobre las mujeres, lo que limita su posibilidad de asumir cargos que exigen disponibilidad y movilidad. Sin políticas de corresponsabilidad —como comisiones de cuidado o sistemas de apoyo gremial— la igualdad formal no alcanza.

Cuando la desigualdad impacta en el poder real

La falta de mujeres en las estructuras de decisión no es solo un problema simbólico: tiene consecuencias concretas. Sin una presencia significativa, las políticas laborales y sindicales pierden la mirada integral sobre temas como brecha salarial, corresponsabilidad en los cuidados, teletrabajo, acoso y violencia laboral.

También se empobrece la negociación colectiva, donde menos voces diversas implican menos capacidad de representar de manera justa a todas las trabajadoras y trabajadores.

Revertir este retroceso requiere acciones concretas. Las mujeres sindicalistas lo dijeron con claridad: no alcanza con ser invitadas a la mesa, hay que conducirla. Para eso, reclaman paridad real en los órganos de conducción, con mandatos rotativos y cargos de peso; formación y acompañamiento en liderazgo y negociación; y presupuestos con perspectiva de género que garanticen recursos para sostener la participación.

También proponen avanzar hacia mecanismos de transparencia y rendición de cuentas que muestren cuántas mujeres integran las conducciones, qué decisiones toman y con qué impacto.

Entre la oportunidad y la alerta

El encuentro de la CGT fue una muestra de fuerza, pero también una advertencia. Si esa energía no se traduce en cambios estructurales, el impulso puede diluirse. En un mundo del trabajo que se transforma por la tecnología y la flexibilización, la participación plena de las mujeres no es un tema accesorio: es una condición de justicia social y democracia sindical.

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