Por Sandra Miguez.
Constantino Bértolo (*) dirige la mirada hacia los márgenes del sistema literario, allí donde este suele evitar mirarse: el rechazo, el silencio editorial y la materialidad concreta del trabajo cultural. Frente a la épica del éxito y la consagración, su intervención defendió la lógica del “punto y seguido”, una forma de pensar la vida —y la literatura— como un proceso abierto, ajeno al fetichismo del final glorioso.
En ese contexto, Bértolo cuestionó el término “artista” como una categoría que parece remitir a una élite genética, casi naturalizada. Frente a eso, propuso hablar de admiración: admirar alguien que desde la misma condición humana que cualquiera, pueda producir una obra que nos conmueva o nos transforme. La literatura, desde esta perspectiva es un trabajo —y un trabajo atravesado por incertidumbre. “Un buen escritor no sabe escribir”, afirmó provocadoramente: no sabe cuál es la palabra que sigue. El resto, dijo, simplemente redactamos bien.
También hubo lugar para desmontar mitos persistentes. La idea de que el arte suspende el juicio moral o político fue rechazada de plano: no hay nada que esté fuera del juicio, nunca lo ha habido. Desde Homero —cuyos textos, recordó, no fueron obra de un genio aislado sino parte de una construcción colectiva ligada a la formación de una nación— hasta Safo, la escritura ha sido uno de los principales dispositivos de memoria. La literatura guarda lo que una época quiere recordar, pero también lo que intenta ocultar.
En ese sentido, Bértolo subrayó el carácter casi sagrado del libro como objeto: la promesa de que la palabra propia pueda ser escuchada más allá del tiempo y del espacio, una cualidad que las culturas antiguas atribuían a los dioses y que los seres humanos han perseguido en obras como las pirámides de Egipto. Ese deseo de permanencia —profundamente humano— sigue operando hoy, aunque esté mediado por un mercado que convierte la trascendencia en producto.
Uno de los ejes más críticos de la presentación fue la relación entre literatura y consumo. Vivimos, señaló, en una fantasía de libertad de elección, cuando en realidad nuestros gustos están moldeados por un entorno donde los medios de producción de necesidades están íntimamente ligados a los medios de producción culturales. El arte de un editor, en ese marco, consiste en lograr que un libro se convierta en deseo. Por eso lamentó que leer haya dejado de ser una necesidad nacida del placer o de la curiosidad para pasar a ser una obligación inducida.
Frente a eso, Bértolo defendió la literatura como plusvida: un espacio donde la vida se ensancha, donde se abren posibilidades de pensamiento y de experiencia que no caben en la lógica utilitaria. Pero para que eso ocurra, insistió, es imprescindible recuperar la crítica como pensamiento y no como engranaje de la máquina promocional. Recordó, en ese punto, el valor de las críticas negativas y la responsabilidad ética de decir no solo lo que se dice, sino también lo que se calla: por ejemplo, cuando una obra premiada no se menciona como tal, ocultando las condiciones de su consagración.
Sin pensamiento crítico en la sociedad, advirtió, no puede haber crítica literaria real. Y sin memoria histórica, la literatura corre el riesgo de reproducir los prejuicios de su tiempo sin cuestionarlos. Como en las Obras reunidas de Benjamin Constant, lo que muchas veces importa no es solo el texto, sino el pensamiento de la época que lo atraviesa como por ejemplo el menosprecio a la mujer, la naturalización de la desigualdad, la idea de que el valor es siempre jerárquico.
El arte de rechazar manuscritos es una invitación a mirar la literatura desde su reverso: desde el trabajo invisible, desde el rechazo, desde la economía material y simbólica que la sostiene. Y, sobre todo, desde la pregunta por cómo devolverle dignidad a quienes escriben —y leen— en un sistema que demasiadas veces confunde valor con visibilidad.
(*) Constantino Bértolo es editor, ensayista y crítico literario español, figura clave del pensamiento crítico sobre la edición, la literatura y las relaciones entre cultura, mercado y poder.
