Por Sandra Miguez
Paula Kindsvater y Juliana Faggi llevan años con la cámara al hombro en las marchas del litoral. Dicen que fotografiar es tomar partido. Hablan de memoria colectiva, de apropiación de imágenes y de lo que se pierde cuando los medios hegemónicos eligen qué mostrar de una movilización.
Por Y de repente la noche • Programa de radio
En 1977, Susan Sontag escribió en Sobre la fotografía que la cámara transforma a quien la porta en algo activo: no en un mero testigo pasivo del mundo, sino en alguien que toma decisiones sobre qué merece ser visto. «Fotografiar —decía— es apropiarse de lo fotografiado.» Cinco décadas después, Paula Kindsvater y Juliana Faggi hacen exactamente eso en las calles de Paraná: se apropian de lo que sucede, con perspectiva propia y convicción feminista.
Las dos fotógrafas forman parte de la muestra federal Acá estamos, que se inauguró en conmemoración por el 8M y continuará proyectándose en la provincia. Sus imágenes —junto a las de decenas de fotógrafas de todo el país— recorren diez años de movilizaciones, desde aquel primer Ni Una Menos en 2015 hasta el presente. Una década de cuerpos en la calle. Una década de encuadres elegidos.
El punto de vista como posición política
Cuando se le pregunta a Paula qué significa fotografiar las marchas, su respuesta es directa y sin eufemismos: «Fundamentalmente es un gesto político la fotografía. Es un acto estético, pero a la vez es un gesto político enorme.» Para ella, elegir qué encuadrar no es una decisión técnica sino ideológica.
«La foto tiene mucho poder para poder contar lo que pasa, para poder dar cuenta de lo que pasa y también para elegir un punto de vista. Desde acá elijo mostrar, esto es lo que yo veo, esto es lo que yo siento».
— Paula Kindsvater
La idea resuena con lo que Sontag llamaba «la retórica de la objetividad fotográfica»: toda imagen supone un recorte, un ángulo, una decisión de estar ahí y no en otro lado. No existe la foto inocente. Y en el contexto de las movilizaciones feministas, esa elección se vuelve aún más cargada de sentido.
Para Juliana, la cámara nunca fue una herramienta neutral. «La fotografía se vinculó directamente con mi militancia feminista», cuenta. «Era mi herramienta de lucha, digamos. Mi manera de luchar con compañeras, de encontrarme». En sus comienzos en Rosario, la cámara y la asamblea eran casi lo mismo.
Lo que los medios hegemónicos no muestran
Sontag también advertía que las fotografías crean y consolidan relatos sobre el mundo. Y lo que no se fotografía —o lo que se fotografía de cierta manera— puede ser tan poderoso como lo que sí aparece. En las marchas del litoral, esto se vuelve tangible.
Paula lo describe con precisión: «Los medios hegemónicos muestran desastre, despelote, pintadas, corridas, violencia. Como que si todas las marchas fueran eso, solamente eso, y todas fueran iguales en todos los lados». Su trabajo apunta justamente a disputar esa narrativa.
«Siempre me gustó buscar momentos que hacían de estas marchas algo especial. Los tambores, el fuego, el sahumo, los abrazos. Hay una cosa colectiva y muy cálida que se da en esta ciudad, por la forma en la que somos en el litoral».
— Paula Kindsvater
Había niños jugando a la rayuela en la plaza frente a la Casa de Gobierno. Esa imagen existe. Pero no es la que circula.
Esta es también la razón por la que Paula decidió, años atrás, liberar algunas de sus imágenes en Wikimedia Commons, la plataforma internacional de archivos de libre circulación. La intención era explícita: aportar a construir narrativas colaborativas sobre lo que sucedía en el litoral, en ciudades que los medios de Buenos Aires simplemente ignoran. «¿Por qué? Porque en los medios qué imágenes circulan: las de las grandes ciudades. Buenos Aires, Rosario, quizás Córdoba con suerte».
Sin embargo, la decisión de liberar esas fotos tuvo consecuencias que Paula no anticipó. Una de sus imágenes más poderosas —una performance colectiva en una marcha de 2019, una mujer con el grito en la cara, toda la potencia de la lucha en un instante— terminó en un video de campaña de Javier Milei. Usada para decir exactamente lo contrario de lo que la foto quería decir.
«Ese instante fue tomado para hablar en contra del feminismo. Como bueno, miren estas minas, miren lo que hacen, miren qué violentas que son. Le dan vuelta al sentido de lo que nosotras queremos decir».
— Paula Kindsvater
Sontag reflexionaba en su obra tardía —en Ante el dolor de los demás, de 2003— sobre cómo las imágenes pueden ser vaciadas de contexto hasta perder su verdad original. Una foto de dolor puede volverse propaganda; una foto de rabia puede volverse estigma. Lo que Paula vivió no es una anécdota: es esa misma mecánica operando en tiempo real.
La situación abrió preguntas sin respuesta fácil. «¿Qué hacemos con nuestras imágenes? ¿Dónde van a circular? ¿Quién las va a usar?» Paula no volvió a liberar imágenes después de ese episodio, pero reconoce que la ingenuidad no era solo suya. «Creemos que porque lo subimos a Instagram y ahí está mi nombre, tengo la propiedad, y no va a pasar nada. Y con las herramientas digitales pueden hacer cualquier cosa».
La emoción hecha foto
Para Juliana, hay una imagen que lo concentra todo. Es de la vigilia del 29 de diciembre de 2020, la noche en que se aprobó la ley de IVE. Dos amigas abrazadas, llorando, en el momento exacto en que la noticia llegó.
«Para mí esa foto me refleja a mí. Es como si fuera un autorretrato. Yo siento que estaba siendo protagonista junto a un montón de mujeres. No sé si es la mejor foto que saqué en mi vida, pero sí por el sentimiento. Más allá de la composición, más allá de todos los elementos técnicos. Es la emoción hecha foto».
— Juliana Faggi
La foto tiene además una historia posterior. Al tiempo, Juliana conoce a una de las dos mujeres del abrazo. Le cuenta que terminó peleada con la otra amiga, que cambió de posición política. La imagen quedó fija en un momento; las vidas siguieron moviéndose. «Todavía nos seguimos encontrando con ella y seguimos hablando de esa foto, de lo que representa, de lo que representó». Universal, dice Juliana. Quizás también, irreversible: eso que Sontag describía como el poder de la fotografía de congelar el tiempo y convertir un instante fugaz en evidencia permanente.
Lo que se sostiene y lo que se complica
Diez años de marchas dejan marcas. Paula recuerda 2020 como el momento más duro: el femicidio de Fátima Acevedo, el de Julieta Riera, la lluvia intensa en una de las movilizaciones. «Todavía se me eriza la piel de pensar el dolor que atravesaba esa movilización». También recuerda los colectivos artísticos que acompañaron cada convocatoria: las plásticas, las compositoras, los grupos que fueron creciendo al calor del movimiento.
Hoy, el presente aprieta. Sostener una militancia activa cuando los tiempos están como están no es sencillo. «Nos está pasando a todas, a todes», admite Juliana. Pero ambas coinciden en que eso no cancela la urgencia, sino que la refuerza. «Siento que es un impulso para lo que se viene», dice Juliana. «Indispensable», agrega Paula.
La fotografía como herramienta no caduca. Tampoco el debate sobre quién controla las imágenes, quién las distribuye y quién se apropia de ellas para torcer su sentido. Sontag lo anticipó hace cincuenta años. Paula y Juliana lo viven cada vez que salen a la calle con una cámara.
…La muestra Acá estamos se inauguró el sábado 7 de marzo en el centro Cultural Juan L Ortiz y continúa hasta fin de mes en la Facultad de Trabajo Social de la UNER. Las fotografías de Paula Kindsvater y Juliana Faggi pueden verse junto a las de fotógrafas de todo el país. Las actividades continúan el sábado con música y otras manifestaciones artísticas. Más info en yderepentelanoche.com.ar
