Selva Almada: «Cada vez soy más entrerriana con mis novelas»

Creció en Villa Elisa rodeada del paisaje del litoral y de los libros de la biblioteca pública del pueblo. De ahí viene su mirada, los sonidos, el paisaje, el lenguaje. Hoy, Selva Almada es una de las escritoras argentinas más traducidas del mundo. Sus novelas viajan al turco, al árabe, al japonés. Pero ella vuelve al río, al monte, a la tierra húmeda de Entre Ríos. Su nueva novela, Una casa sola, es la más entrerriana de todas. Y también, quizás, la más oscura: una casa que habla, una familia que desaparece, una provincia que guarda secretos que la justicia nunca terminó de develar. En esta conversación habla de dónde nace su escritura y adónde la lleva, de lo que el feminismo da y de lo que la etiqueta quita, de los libros que no se pueden comprar pero siempre se pueden encontrar, y de ese instante en que la realidad —una cartelería de aeropuerto, un caso sin resolver— se convierte, sin forzarlo, en literatura.

Selva Almada nació en Villa Elisa, Entre Ríos, y construyó una obra que desde el litoral argentino alcanzó dimensiones internacionales. Sus novelas y crónicas han sido traducidas al inglés, al francés, al italiano, al alemán, al sueco, al holandés, al húngaro, al turco, al árabe, al chino y al japonés, entre otros idiomas. El viento que arrasa (2012), su primera novela, fue elogiada por la crítica y el público. Chicas muertas (2014), una crónica de no ficción sobre tres femicidios ocurridos en la Argentina de los años ochenta, la consolidó como una voz imprescindible en los debates sobre violencia de género y literatura. Ladrilleros y No es un río continuaron profundizando ese universo donde el paisaje del litoral, el lenguaje oral de la región y una mirada construida desde el feminismo funcionan como ejes estructurales de su narrativa.

Su última novela, Una casa sola, retoma ese territorio con mayor intensidad. La historia, narrada desde la propia casa que la protagoniza, cruza la geografía entrerriana con la historia provincial y toma como referencia oblicua la desaparición de la familia Gil. Fue finalista del prestigioso premio Booker International, distinción que le abrió mercados editoriales en todo el mundo y que incluso llamó la atención de la cantante Dua Lipa, quien mencionó públicamente uno de sus libros.

— Hay un proceso que desde afuera se percibe como un gran reconocimiento hacia las escritoras argentinas y latinoamericanas. ¿Cómo lo vivís vos desde adentro?

— Es algo bastante nuevo que viene armándose desde hace algunos años. Mucho de esto se lo debemos a los feminismos, a la importancia que tuvieron los movimientos feministas en Argentina y en Latinoamérica en la última década. Eso ayudó muchísimo a visibilizar a las autoras mujeres. Pero después creo que eso se sigue sosteniendo desde el trabajo de cada una. Si pienso en otras escritoras argentinas y latinoamericanas que han sido premiadas, que están traducidas a muchas lenguas y que generan interés no solo en nuestros países sino en culturas muy diferentes a las nuestras, creo que cada obra es bien distinta y cada una aborda temas distintos. No somos un bloque temático ni un bloque estilístico. Y eso también es lo que genera interés en las lectoras y los lectores.

 

«Hace unas décadas había una cierta reticencia de los lectores varones a leer obras de autoras mujeres. Eso también se fue rompiendo», Selva Almada.

 

— Hace unas décadas, los escritores varones eran los que tenían mayor protagonismo y también había una cierta reticencia o prejuicio de los lectores varones a leer obras de autoras mujeres. Eso también se fue rompiendo, se fue abriendo. Hoy, cuando me encuentro en ferias o en conversatorios, me encuentro con muchos varones que leen mis libros. Quizás empezó siendo un público más de lectoras mujeres que empezó a encontrarse en estas lecturas, pero después el público también se fue ampliando.

— Hay escritoras que rechazan la etiqueta de ‘escritora feminista’. ¿Qué te pasa a vos con eso?

— Siempre tengo una cierta reticencia al estante ‘literatura feminista’, que también son movimientos que hace el mercado editorial: ve ahí un cartel que puede generar circulación o ventas y rápidamente lo adopta. Yo soy feminista y soy escritora, soy ambas cosas. Cuando escribimos, nunca te podés despegar absolutamente de todo lo que ejercés en el resto de los órdenes de la vida, y esa mirada se cuela también en las ficciones. Pero siempre estoy bastante atenta a que no se cuele el panfleto, porque eso a mí como lectora me aleja. Cuando estoy leyendo literatura, no tengo ganas de que todo el tiempo haya bajada de línea, ni por feminista ni por socialista ni por ninguna otra cosa a la que yo adhiera en la vida cotidiana, pero cuando está antes la intención que la literatura, eso me aleja como lectora.

En un universo como el de No es un río, no sería verosímil que alguno de los personajes mujeres de la novela empiece con un discurso feminista. Ese es el trabajo de la escritura: ver cómo esa mirada puede impregnar la historia sin estar puesta ahí directamente, diciendo ‘bueno, mirá, acá te estoy bajando línea sobre esto’.

— ¿Cómo sentís que sigue latiendo lo del litoral en tus obras?

Creo que cada vez estoy más entrerriana con mis novelas. En No es un río volví a ese territorio con más fuerza porque las otras novelas estaban ambientadas más en el Chaco, en el noreste. Y ahora en Una casa sola no solamente aparece lo entrerriano, sino que aparece la historia también, la historia de la provincia. Por eso digo que es más entrerriana todavía que la otra.

— Sigo encontrando, al menos hasta esta novela, en ese paisaje, pero también en esa personalidad de ser entrerriana, en ese lenguaje oral que aparece siempre en mi escritura. Me sigue convocando la región. La geografía del origen, de donde crecí, a donde vuelvo periódicamente. No sé qué será lo próximo que escribiré, pero hasta Una casa sola seguía encontrando en ese territorio algo que me convoca.

 

— En Una casa sola es ineludible la asociación con la desaparición de la familia Gil. ¿Cómo impactó ese caso en vos al punto de llevarlo a la ficción?

— El caso Gil lo conozco desde poco después de que sucediera y es un caso que sigo siempre con mucho interés, cada vez que aparece alguna noticia o se reactiva. No es una novela sobre el caso Gil, ni mucho menos, porque para eso tendría que haber hecho una investigación y un montón de cosas que claramente no hice. Pero sí tenía como referencia la desaparición de los Gil, sumada a un montón de otras desapariciones en democracia de las que a veces nos enteramos y de las que a veces no. Uno lo ve en los aeropuertos, esa cartelería con fotos y datos de gente que lleva desaparecida quince o veinte años. Son desapariciones recientes, que no tienen que ver con la dictadura, pero que siguen ocurriendo.

— Esa cartelería de los aeropuertos, más la referencia de la familia Gil, fueron una especie de inspiración para construir la familia de los Luceros. La novela está narrada desde la propia casa, que es la protagonista. Una casa sola es un libro donde confluyen el territorio, la historia entrerriana y esa pregunta permanente sobre las personas que desaparecen y sobre las que nadie da respuestas.

 

Una casa sola es un libro donde confluyen el territorio, la historia entrerriana y esa pregunta sobre las personas que desaparecen. 

 

— Tus libros han sido traducidos a idiomas tan diversos como el turco, el árabe, el húngaro, el japonés. ¿Qué repercusiones has recibido? Y no puedo dejar de mencionar que Dua Lipa también se refirió a uno de tus libros.

— Este año estuve en un festival en Grecia y me asombró la cantidad de lectoras y lectores que conocían mis libros, que se acercaron a las charlas. El libro que mencionó Dua Lipa había estado finalista del Booker, que es una vidriera al mundo de la literatura traducida. Después de haber estado finalista se abrió la posibilidad de traducciones a lenguas más difíciles de llegar, como el árabe, el chino, el japonés o el búlgaro. Pero el registro más cercano que tengo es cuando puedo ir a esos países y encontrarme con los lectores. Por ahí no tenés mucha otra noticia, salvo que el libro se vende o que los editores se interesan por el próximo.

— Y eso también se lo debo a los traductores y a las traductoras. Con mis libros tienen que trabajar bastante y preguntar y averiguar, porque las novelas no están escritas en un español argentino porteño, que quizás es el que los traductores conocen mejor. Me consultan, me mandan listas de preguntas o de palabras para ver si exactamente es eso o es otra cosa. Esa parte me divierte mucho, acompañar dentro de lo que puedo el trabajo de la traducción. Y para los lectores de esos países creo que tiene el encanto que puede tener para nosotras leer literatura japonesa o de los países nórdicos: culturas y modos de vida muy distintos a los nuestros, pero eso es también la magia de la ficción, de las novelas y los cuentos.

— Estamos en medio de una crisis bastante profunda que afecta a la industria editorial no solo en Argentina sino también en España, en Italia. ¿Cómo ves ese tema y cuáles son los desafíos actuales?

La industria editorial está sufriendo muchísimo, como el resto de las industrias del país. El libro se encareció bastante. En Argentina era muy barato y desde fines del gobierno de Alberto Fernández para acá se encareció el papel, la impresión, la tinta. Eso impacta en que las editoriales pequeñas y medianas, que eran grandes productoras de nueva literatura y de hacernos conocer a autores nuevos, cada vez pueden publicar menos títulos por año. Las librerías también estamos pasando un momento bastante tremendo donde es muy difícil sostener los espacios físicos, los sueldos. Y yo también tengo una librería, así que lo digo desde adentro.

— Igual creo que nos seguimos rebuscando para leer. Mi formación lectora fue en la biblioteca pública. En Villa Elisa, que era un pueblo pequeño, había una biblioteca pública. Estaban las bibliotecas de las escuelas. Es decir que el precio del libro no es una excusa para no leer: cuando tenés ganas de leer, por suerte siguen estando en pie las bibliotecas, y también los libros de las librerías de usados. Mi primera biblioteca de joven la armé entre librerías de libros usados en Paraná. Si nos gusta leer, si nos apasiona leer, siempre hay maneras de encontrar libros que no pasen necesariamente por comprar la última novedad.

— ¿Cuándo vas a estar presentando Una casa sola en Paraná?

— Voy a estar el 25 de junio presentando la novela en la Biblioteca Provincial. Y al día siguiente voy a estar también en la librería Vapor, en un encuentro un poco más pequeño con lectoras y lectores. Ojalá vengan, así charlamos cara a cara.

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