Lajmanovich: “En el arroyo Las Conchas encontramos la concentración de glifosato más alta de América del Sur”

La contaminación de los cursos de agua que integran la cuenca del arroyo Las Conchas vuelve a poner en discusión el impacto de los agroquímicos, los residuos industriales y los desechos cloacales sobre los ecosistemas y las poblaciones que viven en sus alrededores.

Una investigación científica realizada en los arroyos Las Tunas, Crespo, Espinillo y Las Conchas detectó distintos niveles de contaminación y un dato particularmente relevante: en los sedimentos del arroyo Las Conchas se registró una concentración de glifosato que, según el investigador Rafael Lajmanovich, es la más alta detectada hasta el momento en América del Sur y resulta cientos de veces superior a la encontrada en el río Paraná.

Lajmanovich, investigador principal del CONICET y especialista en bioecología de anfibios anuros del río Paraná, explicó en Y de repente la noche cómo se fue construyendo esta evidencia y qué representa para una cuenca que atraviesa zonas productivas, reservas naturales y poblaciones.

¿Desde cuándo vienen estudiando la contaminación de estos cursos de agua?

—Las evidencias fueron apareciendo progresivamente. Hace unos 30 años, algunos científicos empezábamos a advertir que, si se incrementaban los desmontes y también el uso de agroquímicos, iba a producirse un impacto ambiental. Esto se profundizó a partir de 1996, con la aprobación de la soja transgénica.

Aumentó la superficie sembrada y comenzó a utilizarse un paquete de agroquímicos diferente. Al tratarse de cultivos resistentes a determinados herbicidas, empezó a utilizarse una enorme cantidad de estos productos. Con el tiempo, las malezas también desarrollaron resistencia y se produjo un círculo en el que fue necesario utilizar dosis cada vez mayores para obtener el mismo efecto.

¿Qué sucede con esos químicos cuando llegan al ambiente?

—Aunque muchos de estos productos se degradan, llega un punto en que la intensidad de utilización es tan grande que la naturaleza, por sí misma, no puede degradarlos. Entonces empiezan a acumularse.

Uno de los lugares donde se acumulan son los sedimentos de los cursos de agua: ríos, arroyos y lagunas. También aparecen en la fauna silvestre, particularmente en los peces, y en los últimos años comenzaron a encontrarse en poblaciones humanas.

Hay trabajos muy recientes, algunos publicados en febrero de 2026, que detectaron glifosato en personas, independientemente de que vivan o no en zonas rurales. Se lo encuentra en sangre, orina y también en materia fecal, donde las concentraciones pueden ser todavía mayores. En el estudio que menciono, todas las personas analizadas tenían glifosato.

¿Qué lugar ocupa la cuenca del arroyo Las Conchas dentro de esta investigación?

—Es una cuenca muy importante porque tiene reservas naturales, es una zona productiva y vive muchísima gente. Por eso tiene una relevancia socioeconómica muy grande.

Nuestra hipótesis de trabajo en el laboratorio es tratar de comprender la contaminación del río Paraná. Y el río Paraná no se contamina solo: recibe lo que aportan las microcuencas que están alrededor.

Por eso estudiamos los cursos de agua que desembocan en el Paraná. Esta zona es particularmente importante porque estamos en una de las principales regiones productoras de soja de Argentina.

¿Cómo fueron siguiendo esa contaminación hasta llegar a los arroyos de esta región?

—En 2016, los investigadores Damián Marino y Alicia Ronco realizaron un trabajo pionero sobre el río Paraná. Recolectaron muestras desde las Cataratas hasta el río Luján para buscar glifosato en los sedimentos. La señal comenzó a incrementarse particularmente en el Paraná Medio, donde desembocan distintos cursos de agua que vienen arrastrando plaguicidas.

Primero estudiamos el río Salado, porque ya había antecedentes de mortandad masiva de peces. Allí encontramos 30 residuos de plaguicidas y, junto con el equipo de la Universidad Nacional del Litoral, encontramos en 2022 el registro más alto de glifosato en músculo de peces que se había registrado hasta ese momento en el mundo.

Después estudiamos el arroyo Salto, donde encontramos 26 residuos de plaguicidas. Luego continuamos con otras cuencas y llegamos al arroyo Espinillo y al arroyo Las Conchas, a partir de aquellas coloraciones rojizas que se observaron durante 2023.

¿Qué encontraron específicamente en la cuenca del arroyo Las Conchas?

—Estudiamos cuatro arroyos: Las Tunas, Crespo, Espinillo y Las Conchas. Hay dos que están extremadamente comprometidos: Las Tunas y Espinillo.

En el caso de Las Tunas, los índices de toxicidad directamente se salen de escala. No hay escala para medir el nivel de toxicidad que encontramos.

Y en los sedimentos del arroyo Las Conchas tuvimos otra mala noticia: detectamos la concentración de glifosato más alta de América del Sur. Es cientos de veces mayor que la concentración que encontramos en el río Paraná.

¿Por qué la concentración puede ser tan elevada en un arroyo y mucho menor en el Paraná?

—Tiene bastante lógica porque el arroyo es un curso de agua mucho más pequeño y tiene mayor poder de concentración. El río Paraná es gigantesco. Por eso podemos encontrar concentraciones mucho mayores en estos arroyos que en el río.

¿Cuál es el origen de esa contaminación?

—Las causas son de público conocimiento: las cientos de miles de hectáreas sembradas alrededor de estos arroyos. En el caso de los plaguicidas, no hay una industria química que explique esa presencia. Después sí hay otros contaminantes, como metales pesados, que provienen de actividades industriales.

Estos arroyos tienen, básicamente, un cóctel tóxico.

Y a eso se suma un problema sanitario por los desechos cloacales de grandes, medianas y pequeñas ciudades que no realizan tratamiento de sus residuos cloacales. Todo eso termina dentro de estos cuerpos de agua.

¿Cómo pueden determinar los efectos que produce esa contaminación?

—Nuestros trabajos utilizan un protocolo ecotoxicológico que no se limita al análisis químico. También hacemos bioensayos: tomamos un organismo indicador, lo exponemos a muestras de estos lugares y después realizamos estudios genotóxicos, hormonales, de malformaciones y enzimáticos.

De esa manera podemos observar los efectos letales y los efectos a largo plazo que produce esa muestra contaminada.

También mencionabas la presencia de arsénico. ¿Qué ocurre cuando distintos contaminantes actúan conjuntamente?

—En los ambientes naturales, estos compuestos no existen de manera aislada. Están en interacción con otras sustancias químicas.

Hay estudios realizados en Europa que detectaron arsénico en formulaciones de glifosato, además del arsénico que puede estar presente naturalmente en determinadas aguas. Desde hace tiempo se estudia la posibilidad de que ambos compuestos se potencien.

Técnicamente hablamos de sinergia: el efecto conjunto puede ser mayor que el que produciría cada sustancia por separado.

¿La lluvia limpia los sedimentos contaminados?

—No. La lluvia limpia los campos y puede llevar esos contaminantes hacia los cursos de agua, pero los sedimentos permanecen en el fondo. Pueden estar a un metro o más de profundidad.

Por eso hay una diferencia fundamental entre analizar el agua y analizar el sedimento. La muestra de agua es una foto; el sedimento es la historia. En el sedimento podemos encontrar acumulados los contaminantes durante mucho más tiempo.

¿Qué ocurre entonces cuando hay grandes lluvias?

—La lluvia puede producir un arrastre muy importante desde las áreas productivas hacia los cursos de agua. Cuando llegan grandes cantidades de materia orgánica y plaguicidas, se produce lo que podemos llamar un shock químico, que puede generar mortandades de peces.

Después comienza un efecto cascada. Los peces mueren, se descomponen y esa materia orgánica consume oxígeno. Entonces disminuye todavía más el oxígeno disponible en el agua.

Muchas veces se dice que los peces mueren por falta de oxígeno. Es cierto que finalmente mueren por falta de oxígeno, pero hay que preguntarse por qué se produce esa falta de oxígeno.

¿La contaminación queda confinada al arroyo?

—No. Nadie toma agua directamente de estos arroyos, pero hay personas que los utilizan con fines recreativos y animales que beben de ellos. Los perros pueden bañarse y después volver a las casas.

Además, determinadas sustancias pueden movilizarse por el aire y adherirse a partículas atmosféricas. La contaminación no queda solamente en el arroyo: puede movilizarse hacia los alrededores a través de factores climáticos.

¿Qué respuesta han encontrado por parte de quienes tienen responsabilidades políticas y ambientales?

—Nuestro trabajo formal consiste en investigar y publicar los resultados en revistas especializadas. Somos docentes universitarios e investigadores del CONICET. Tenemos la obligación de publicar nuestras investigaciones bajo las normas científicas correspondientes.

Donde encontramos mayor receptividad es en las organizaciones ambientales. Son las que rápidamente se comunican con nosotros, nos piden charlas y explicaciones. Desde el ámbito político, en general, la recepción ha sido mucho menor.

La información está disponible. Ya estamos en la era de la información y es muy difícil decir que se desconoce esta situación, particularmente para quienes tienen que tomar decisiones.

¿Qué papel deberían asumir los Estados frente a esta situación?

—Este tipo de problemas tienen que resolverse dentro de la sociedad y son los Estados los que tienen que resolverlos. Las organizaciones ambientales no tienen poder de policía.

Pueden presentar proyectos, hacer denuncias o recurrir a la Justicia, pero las decisiones sobre cómo controlar y mitigar estos procesos corresponden a las autoridades.

La problemática ambiental trasciende a todos. No es un secreto: la información existe y está disponible.

¿Qué significa estudiar estos arroyos pensando en el río Paraná?

—El río Paraná recibe la contaminación de las microcuencas que lo rodean. Lo que ocurre en estos arroyos termina formando parte de un sistema mayor.

Por eso estamos estudiando las distintas cuencas de ambas márgenes. Lo que vemos es una especie de relación en espejo: de un lado y del otro del Paraná se repiten los procesos, se utilizan productos similares y los contaminantes terminan llegando al río.

El problema, entonces, no termina en el arroyo y para comprender su magnitud hay que comprender la cuenca completa y cómo cada uno de esos cursos de agua aporta a la contaminación del Paraná.

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