La masculinidad bajo presión: ¿qué necesita demostrar un varón para ser varón?

Por Sandra V. Miguez

¿Por qué un varón necesita demostrar su hombría? ¿Ante quién tiene que demostrarla? ¿Y qué ocurre cuando esa necesidad de afirmación se convierte en una forma de ejercer violencia sobre otras personas?

Son preguntas que adquieren actualidad frente a distintas escenas que, aunque parecen desconectadas, tienen algo en común: los ataques a mujeres trans, las publicidades que utilizan la violencia contra las mujeres como recurso humorístico y las formas cotidianas de autoritarismo que todavía se justifican como expresiones de carácter.

Empecemos por una palabra: hombría. ¿Qué significa en este contexto?

No hablamos de una condición biológica, sino de una construcción cultural, de un mandato que históricamente les asignó a los varones determinados atributos: ser fuertes, no mostrar miedo, no llorar, imponerse, tener el control, no aceptar un rechazo, demostrar autoridad. Y, en algunas de sus expresiones más violentas, ejercer poder sobre otras personas.

El problema aparece cuando ser varón se convierte en una demostración permanente. Cuando hay que probar que se es suficientemente hombre frente a otros varones, frente a las mujeres o frente a quienes cuestionan los modelos tradicionales de masculinidad.

Y esa necesidad de demostrar poder puede expresarse de distintas maneras.

Hace poco vimos con estupor las imágenes de los ataques a mujeres trans en los bosques de Palermo. Un grupo de jóvenes las agredió físicamente, las persiguió y por si esto fuera poco filmó las escenas para difundirlas en redes sociales. Hay allí una violencia que busca disciplinar cuerpos e identidades que desafían las normas tradicionales. Pero también hay algo más: la agresión convertida en espectáculo, como si humillar a otra persona fuera una demostración de fortaleza ante los demás.

Y en Entre Ríos tuvimos otro episodio que merece una reflexión. Una óptica de Chajarí difundió una publicidad en la que un hombre introducía a una mujer en una bolsa negra de consorcio y la colocaba en el baúl de un automóvil. La escena, que remitía directamente a un secuestro o a un femicidio, se utilizó como un recurso humorístico para promocionar un comercio. El video fue retirado después de las críticas.

¿Por qué siempre una mujer? ¿Por qué el cuerpo de una mujer dentro de una bolsa puede convertirse en un chiste?

Y hay que ponerlo en contexto: durante octubre de 2026 se registró en Argentina un femicidio cada 17 horas, según el Observatorio de Femicidios Adriana Marisel Zambrano.

Entonces aparece la respuesta conocida: «No se bancan un chiste».

Pero el problema no es que alguien no sepa reírse. El problema es qué representa ese chiste, qué relaciones de poder reproduce y qué violencias vuelve tolerables. Y de qué manera ubica como algo «normal» el ejercer violencia.

La violencia simbólica funciona precisamente de esa manera. No necesita un golpe para producir efectos. Opera mediante imágenes, palabras, gestos y representaciones que presentan la subordinación, la humillación o la cosificación de determinados cuerpos como algo natural, gracioso o aceptable.

Y muchas veces cuesta reconocerla porque está incorporada al sentido común. Porque se disfraza de humor, de costumbre, de una manera de hablar. Porque quien la reproduce puede decir que no tuvo intención de lastimar a nadie.

Pero habría que preguntarse por qué nos cuesta tanto dimensionar estas formas de violencia. ¿Por qué podemos indignarnos frente a un femicidio y, al mismo tiempo, aceptar que la representación de una mujer asesinada sea utilizada para hacer reír?

Esto también sucede en situaciones mucho más cotidianas. En una discusión, en un ámbito laboral, en una pareja, en la política o en cualquier espacio donde alguien necesita demostrar quién tiene más poder.

A veces esa demostración empieza con un grito, con levantar la voz para cerrar una conversación, con interrumpir, descalificar, intimidar o hacer que otra persona mida sus palabras para evitar una reacción.

¿Desde cuándo maltratar es tener carácter? ¿Desde cuándo levantar la voz otorga autoridad?

También esas conductas expresan una determinada idea de hombría: la de quien necesita imponerse, tener la última palabra, conseguir que los demás retrocedan. Como si cada vínculo fuera una disputa en la que alguien tiene que estar arriba y alguien abajo.

Esa idea de masculinidad hegemónica, que entiende que existen ciertas «formas de ser varón», adquieren legitimidad social y organizan relaciones de poder. No todos los varones responden a ese modelo, pero ese modelo establece jerarquías y define qué comportamientos se premian y cuáles se sancionan.

Por eso, hablar de masculinidades implica también preguntarnos qué ocurre cuando un varón interpreta la autonomía de una mujer como una amenaza, un rechazo como una humillación o la diversidad sexual como algo que debe ser ridiculizado o castigado.

Y hay otra cuestión: ¿qué hacen los demás varones frente a esas situaciones? ¿Cuántas veces reconocen una conducta violenta, pero eligen callar para no confrontar con sus pares? ¿Cuánto de estas prácticas se sostiene porque hay quienes festejan, justifican o miran para otro lado? Y ¿cuántas veces se asocia esas «formas de ser hombre» con parte de «la esencia masculina»?

La masculinidad autoritaria también se reproduce en esas formas, en esos silencios y complicidades, o en aceptar esos modos violentos como algo natural.

Por eso, quizás tengamos que volver a la pregunta del comienzo: ¿qué necesita demostrar un varón para ser varón?

¿Y si esa necesidad permanente de demostrar fortaleza fuera, en realidad, una expresión de inseguridad? ¿Y si una determinada idea de hombría necesitara de la subordinación de otras personas para sostenerse?

No se trata de establecer un nuevo mandato ni de decirles a los varones cómo tienen que ser. Se trata de discutir las relaciones de poder, los privilegios y las formas de violencia que aprendimos a naturalizar.

Que un varón pueda escuchar sin sentir que pierde autoridad. Que pueda aceptar un rechazo sin convertirlo en una ofensa. Que pueda discutir sin intimidar. Que pueda reconocer la autonomía de otra persona sin vivirla como una amenaza.

Porque quizás la pregunta no sea solamente qué significa ser varón.

La pregunta es cuánto daño estamos dispuestos a seguir naturalizando para sostener una determinada idea de hombría.

Y, sobre todo, cuántas de las cosas que todavía llamamos carácter, humor, autoridad o costumbre son, en realidad, distintas formas de violencia que aprendimos a no reconocer.

 

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