Por Enrique Stola (*), especial para Y de repente la noche
En el siglo que estamos viviendo, las luchas feministas produjeron un fuerte resquebrajamiento en todas las instituciones del Estado patriarcal. La conquista de derechos de los feminismos logró que comenzara a ejercerse realmente derechos por parte de las mujeres, niñas y niños.
Actualmente, y en los últimos años, lo que vemos es una fuerte contraofensiva que se expresa políticamente, fundamentalmente en los partidos de derecha y ultraderecha. En Argentina, organizaciones masculinistas de padres —afectados por las denuncias de las mujeres— ya tienen muchos años de existencia, pero nunca, como en los últimos tiempos y a partir del actual gobierno, habían tenido un discurso desde la institución presidencial hacia abajo, pasando por el ministro de Justicia, senadoras y senadores, como la senadora Losada, que articulara estas concepciones machistas y a la vez instalara la idea de que las falsas denuncias son un gran problema. Cuando objetivamente no lo son.
El verdadero problema es la violencia que diariamente sufren las mujeres: el maltrato paterno-filial, las agresiones sexuales, los hombres que no cumplen con sus obligaciones económicas hacia sus hijos e hijas.
El caso de Pablo Laurta es especialmente relevante para analizar esta dinámica. Por primera vez en nuestro país, se observa una continuidad entre un discurso presidencial violento contra los feminismos y acciones concretas que destruyen gran parte de lo conquistado institucionalmente por los feminismos.
Hay una conexión directa entre ese discurso y lo sostenido por ideólogos machistas visibles como Laje y Márquez, que han tenido incidencia en recursos presidenciales, y lo que Pablo Laurta transmitía en programas de televisión, radio y en el Congreso uruguayo, influyendo en leyes antifeministas que favorecían a hombres golpeadores y abusadores. Esto, en los casos extremos, termina en femicidios.
Es terrible ver la cercanía entre el discurso y el sentido que le da a la práctica machista, incluso a la violencia más extrema: el femicidio. Dejar a un niño sin su madre ni su abuela, con un padre que nunca estuvo presente o estuvo presente a través de la violencia, es una tragedia absoluta. La figura del padre es necesaria, y aquí totalmente desaparece. En algún momento, ya adulto, decidirá qué hacer con el asesino de su mamá y su abuela.
Es gravísimo, concluye Stola, la complicidad ideológica y simbólica que sostiene a los femicidas y permite que discursos de odio se transformen en violencia extrema. Reconocer esta conexión es hoy una responsabilidad colectiva.
Enrique Stola es psicólogo, investigador y especialista en estudios de género y derechos humanos, con amplia trayectoria en análisis de violencia de género y políticas públicas.
