Es domingo y es la hora de la siesta. Entre Ríos conserva esa tradición provinciana, interrumpe todo por un rato y descansa para poner en blanco el cuerpo y la mente. Mansilla no es la excepción, todo parece estar en un letargo. El sol brilla con la intensidad propia de una primavera que resurge tras la lluvia. Los campos están verdes, muy verdes, el trigo también. Verde esperanza.
Lucía observa detenida y callada cada detalle de la ruta. Conduce y mira. Es un camino que recorre desde niña. Conoce las aguadas, las ollas, las curvas y cómo fue cambiando el lugar que la conecta con su historia a lo largo de los años. ‘Si venís desde Buenos Aires tenés que entrar por acá. El camino es de tierra pero se acorta’, me dice mientras giramos para empalmar la ruta.
Entramos y salimos del pueblo en un suspiro. No se ve a nadie. Ni un solo rastro de humanidad. Hay árboles en una avenida ancha y casas prolijas a su alrededor, un poco más allá empieza el campo y un poco más allá todavía, el antiguo Puente de “Fierro”, un monumento de la historia, atesorado como recurso del patrimonio industrial, que atestigua las hondonadas, los huecos, los relieves de este paisaje tan profundo.
Cerca de donde estamos ahora, nació y se crió su padre, en un campo lleno de promesas, donde sus abuelos llegados de Inglaterra encontraron futuro. Siempre escuchó decir que el trabajo del campo no es para cualquiera. Le quedó claro que esa frase la excluía como mujer. Tal vez por pura porfía decidió volver a ese espacio, dar un giro en su vida, un cambio en el destino de música de la gran ciudad, por la maternidad, la composición, las raíces.
Mientras dejamos atrás las últimas casas me convida con una canción maravillosa de la chilena Elisabeth Morris:
“Sombra no me dejes sola,
no te vayas con el viento,
puedo ser también tu sombra,
dibujar tus movimientos».
Algo en este pueblo se muestra, resplandece, encandila: superficies serenas, gestos claros y simples. Parece que solo basta mirarlos para entender. Pero detrás —o quizá debajo— se agazapa otra materia: un pozo húmedo y oscuro, donde las sombras respiran junto a lo indecible.
Debajo de los grandes árboles de la calle principal, hay discordias, entrecruzamientos, enconos, amores y odios. La siesta es un bálsamo que viene a cubrir todo cansinamente, como si no existiera nada más que ese sol tremendo del mediodía, luminoso y volátil.
Entonces el tiempo se detiene sin forma, sin sentido.
“Ya no sé cómo explicarte
Que tu lluvia me hace falta
Que me até al dulce veneno
De tu amor que se me arranca”
Todo está indemne, no hay daño, no hay rastro, no hay signos de lo que hace tan solo unos días fue la muerte de Daiana. Una más en la enumeración del desquicio, del desorden, de la furia, del desprecio.
Intento imaginar los móviles, las luces, las cámaras, y todo el despliegue que hubo en este pueblo hace unas horas. Solo resuenan como un eco las palabras. Palabras circulares, agitadas, presurosas por llenar todos los silencios acumulados. Quién era, qué hacía, dónde estaba. Hipótesis y elucubraciones, proyecciones de una sociedad diezmada, espasmos esporádicos, pequeñas convulsiones, que nos invitan a sacudir la mierda y a seguir.
El viento anuncia la luz de esta primavera soleada. Mansilla sigue brillante, el trigo se enciende de verde, mientras la siesta se apodera de nosotros.
“Sombra no me dejes sola”.
Sandra Miguez

