A 50 años del golpe militar, Marta Brauseur y Cristina Luca, ex presas políticas, relatan su paso por la «cárcel vidriera» de Villa Devoto y cómo el arte colectivo del bordado se convirtió en una herramienta de resistencia intergeneracional para enfrentar los discursos que intentan borrar la identidad argentina.
En el marco de un programa especial dedicado a la reflexión profunda sobre el 24 de marzo, el colectivo «Nosotras en Libertad» alzó su voz para recordar que la memoria no es un ejercicio estático, sino una construcción activa y artesanal. En diálogo con Y de repente la noche, Marta Brauseur (desde Paraná) y Cristina Luca (desde Gualeguaychú) compartieron sus historias de supervivencia y la vigencia de sus ideales en un presente político complejo.
Villa Devoto: La «cárcel vidriera» y el plan de aniquilamiento
Marta y Cristina compartieron un destino común que comenzó con su detención en Cipoletti a fines de 1976. Tras pasar por centros clandestinos en Neuquén, fueron trasladadas a la Unidad 2 de Villa Devoto, un penal que la dictadura utilizaba como fachada ante los organismos internacionales.
«Pasamos por allí unas 1.200 presas políticas. Era la cárcel vidriera de la junta militar; les servía para mostrar lo que le podía pasar a quien estuviera involucrado en alguna causa política» — Marta Brauseur.
Cristina Luca recordó la violencia psicológica que buscaba quebrar sus identidades:
«El jefe del penal por lo general paseaba por los pabellones, se tomaba de las rejas y, como un mono, decía: ‘De acá van a salir locas o muertas’. Ese era el objetivo que tenían en relación a nuestra situación como presas políticas».
La resistencia en el encierro: «Éramos jóvenes con ideales»
A pesar de la vigilancia extrema, las mujeres lograron construir una micro-sociedad basada en la solidaridad.
«Tuvimos una cuestión que fue muy buena y que aún hoy mantenemos: tratar de convivir con mucha solidaridad entre nosotras, con mucha organización interna. Había bibliotecas, libros… todo eso te llevaba a sobrevivir en lugares que tenían 17 puertas contadas desde el pabellón hasta la salida a la calle» — Cristina Luca.
Para Cristina, esa resistencia se alimentaba de la convicción política:
«Había que seguir estando porque éramos jóvenes y teníamos muchos ideales; los mismos que nos gustan hoy: los de una sociedad más justa, más inclusiva, donde el ejercicio de los derechos pueda existir».
El bordado: Un hilo que une generaciones
Frente a los discursos que intentan «borrar» la historia, el colectivo ha encontrado en el bordado una forma de militancia poética. En Gualeguaychú, las integrantes de «Nosotras en Libertad» bordaron los nombres de los 37 detenidos-desaparecidos de la ciudad.
«Bordar implica un tiempo de encontrarse con uno mismo. Tuvimos que bordar compañeros que no sabíamos, hasta hace tres años, que habían nacido en Gualeguaychú. Hicimos un raconto de toda la información que hay en el Sitio de Memoria» — Cristina Luca.
Lo más emocionante de las últimas marchas fue el puente con los más chicos:
«Tuvimos una bordadora niña que iba con su mamá a las reuniones. Ayer llevó la punta de un pañuelo grande y, cuando le hicieron un reportaje, explicó por qué marchaba. Supera lo convencional y muestra ese poder de resistencia que tienen las cuestiones artesanales» — Cristina Luca.
«Ellas también están»
La entrevista cerró con un fragmento del libro web del colectivo, un texto que funciona como manifiesto:
«A los 20 nos rodeó la muerte y la cárcel. Todas nos aferramos a resistir viviendo hasta el límite. Escribimos y contamos para seguir viviendo cuando no estemos más. Nos pusimos a los 30.000 al hombro y nos fuimos a la historia de los pueblos».
«Nosotras en Libertad»
Es una construcción colectiva que nació durante la pandemia. Reúne los testimonios de 200 ex presas políticas de la cárcel de Villa Devoto. Originalmente concebido como un libro web, hoy es un espacio de producción cultural que incluye música, relatos y la técnica del bordado para mantener viva la memoria de las «compañeras».
A diferencia del aislamiento impuesto por la dictadura, el proyecto busca la «presencia fuerte y convocada» de quienes ya no están, transformando el dolor en una visión humanista y feminista del mundo.
La entrevista cerró con los acordes de una versión de Bella Ciao, dedicada a las 30.000 identidades que el colectivo «se cargó al hombro» para seguir marchando. Porque, como señalaron: «Estamos todas, somos todas».
