Fuente: Y de repente la noche
En diálogo con Y de repente la noche, la socióloga e investigadora del CEDES, Silvina Ramos, desmonta el argumento del gobierno nacional que atribuye la caída de la natalidad a la legalización del aborto. Con datos y precisión conceptual, explica los factores reales detrás del fenómeno —culturales, económicos, tecnológicos y vinculares—, advierte sobre las consecuencias de demonizarlo y pone el foco en el derecho a tener maternidades y paternidades deseadas.
El debate en torno a la baja de la natalidad volvió a instalarse en la agenda pública con fuerza en los últimos meses. ¿Cómo viene registrándose este fenómeno y desde cuándo?
Empecemos a pensarlo con cuidado porque hay dos indicadores que suelen confundirse: la natalidad y la fecundidad. Miden fenómenos similares pero con métricas distintas. La natalidad registra la cantidad de nacimientos en relación a la población total. La fecundidad mide la cantidad de hijos por mujer. Ambas vienen bajando, y vienen bajando en el mundo entero: en países más desarrollados y en países menos desarrollados. Es un fenómeno global, no argentino, no latinoamericano.
Lo que ha despertado más atención en los últimos tiempos es que también empezó a descender, y de manera muy abrupta, la fecundidad adolescente. Porque eso era lo que en buena parte del mundo no bajaba: bajaba la de las mujeres adultas, pero la de las menores de 20 años se mantenía alta, especialmente en América Latina y en el África Subsahariana. Ese descenso más reciente de la fecundidad adolescente es lo que concentró la atención, aunque también es un fenómeno global.
¿A qué se atribuye históricamente la reducción de la fecundidad en mujeres adultas?
Los estudios muestran con mucha claridad que la baja de la fecundidad en mujeres adultas tuvo relación con la entrada masiva de las mujeres al mercado de trabajo. Eso ocurrió por dos razones que se combinaron: por un lado, la apuesta al desarrollo personal; por otro, la contribución concreta a mejorar el bienestar de las familias, algo que las mujeres hicieron de manera sustantiva y que todavía no se reconoce suficientemente.
Y a eso se sumó el acceso a los métodos anticonceptivos modernos, que desde fines de los años 50 y durante la década del 60 representaron una revolución tecnológica importantísima que impactó muy fuertemente la vida de las mujeres y nos permitió regular cuándo queríamos, y si no queríamos, no queríamos tener un hijo. Ese es el fenómeno de la reducción de la fecundidad en mujeres adultas, que ya viene desde los 60, con diferencias de timing entre países más y menos desarrollados, pero que es una tendencia sostenida desde entonces.
¿Por qué era considerada un problema la alta fecundidad adolescente?
Porque todos los estudios muestran que una maternidad temprana es, en general, una maternidad forzada. Siete u ocho de cada diez de esas maternidades fueron no deseadas: son las propias adolescentes las que dicen «yo no quería tener este hijo». Y una proporción importante de ellas fue consecuencia de embarazos producto de violencia sexual, especialmente entre las menores de 15 años.
Además de ser forzada, esa maternidad afecta profundamente las oportunidades de vida de las chicas. Trunca las trayectorias educativas, dificulta el ingreso al mercado de trabajo, las hace más vulnerables en todos los sentidos. Eso está ampliamente demostrado acá y en la quebrada, como suele decirse. Es una evidencia muy contundente en la literatura especializada, local e internacional.
Entonces la reducción de la fecundidad adolescente era un objetivo de política pública, pero también una demanda de la propia sociedad.
Exactamente, y eso es central para entender el fenómeno. Hubo una conjunción virtuosa entre demanda social y respuesta del Estado. Cuando uno dice que siete de cada diez de esas maternidades eran no deseadas, esas son las adolescentes hablando. Pero si uno también le preguntaba a las madres de esas chicas, a las abuelas, a las tías, a las hermanas, si les parecía bien que tuvieran un hijo a esa edad, la respuesta era no. Porque sabían que esa experiencia no es buena para la chica, que no va a poder seguir en la escuela, que no va a conseguir un buen trabajo.
Lo que quiero decir con esto es que no fue solo una intención de las políticas públicas. De hecho, esas políticas existieron en este país para garantizar el derecho de las personas —en este caso de las adolescentes— de traer un hijo al mundo cuando querían y cuando tenían las condiciones para hacerlo. Pero también fue una demanda genuina de la sociedad. Fue la sociedad la que quería que eso no ocurriera. Hubo una virtuosa conjunción de demanda social y de respuesta del Estado con políticas que garantizaron derechos y también tuvieron un componente de prevención sanitaria, porque los embarazos muy tempranos tienen más riesgo para la salud física y también mental.
¿Qué rol tuvieron específicamente las políticas de salud sexual y reproductiva en ese proceso?
Un rol fundamental. Las políticas basadas en derechos que se desarrollaron en las últimas décadas apuntaron a varios ejes: la educación sexual, que le da a los y las adolescentes herramientas para decir que no en una relación afectiva —«cuando una mujer dice no es no»—; el acceso a la anticoncepción, que es lo que tecnológicamente permite prevenir un embarazo no deseado; y el acceso al aborto legal, que opera como salvaguarda cuando la anticoncepción falla.
Eso por el lado de las políticas que previenen una maternidad forzada. Y para eso existe el Estado: para igualar oportunidades y asistir a las poblaciones en situación de mayor vulnerabilidad.
Más allá de las adolescencias, ¿qué está incidiendo en que las mujeres adultas también posterguen o descarten la maternidad?
Son muchos los factores y no es atribuible a uno solo. Es un fenómeno complejo. Por un lado están los cambios culturales: una cultura que ha cambiado y le dio otro lugar a las mujeres y otra expectativa a las chicas de desarrollo personal, donde la maternidad es algo más, no es neurálgico para el desarrollo personal como podía serlo para generaciones anteriores. Mucho de ese cambio tiene que ver con el feminismo, que trajo a escena la libertad reproductiva, la posibilidad y el derecho que tenemos las mujeres de decidir cuándo queremos traer un hijo al mundo.
Por otro lado están los condicionantes materiales muy concretos: la falta de políticas de cuidado de niños y niñas, la distribución todavía muy desigual de las responsabilidades en la crianza y en las tareas domésticas, los problemas de acceso a la vivienda propia, las dificultades en el mercado de trabajo. Todo eso también condiciona que las mujeres tengan más dudas, o directamente descarten, la maternidad. No es un capricho ni una moda: son condiciones objetivas de vida que pesan en una decisión que debería poder tomarse libremente.
Mencionaste también un fenómeno que los estudios más recientes están registrando: la ansiedad ecológica. ¿En qué consiste?
Es algo que la literatura internacional está reportando con cada vez más solidez. Muchos jóvenes tienen miedo de este mundo. Y cuando dicen «este mundo», hablan de un mundo lleno de conflictos, de guerras, de la inminencia de un colapso ambiental en términos reales. Hay un discurso entre jóvenes que dice: «yo no quiero traer un hijo a este mundo», y eso tiene un correlato en los datos de fecundidad.
Los estudios sobre sectores jóvenes en situación de vulnerabilidad también muestran esta falta de horizonte. Hay un sociólogo que trabaja el concepto de «probabilidades subjetivas»: las personas evalúan su futuro con los datos que tienen, y ahora hay una probabilidad subjetiva instalada, especialmente en los jóvenes, de que no van a poder desarrollar la vida que quieren, que sus familias no van a ser lo que eventualmente quisieran que fueran. Y eso no es solo subjetivo: se apoya en probabilidades objetivas, porque no consiguen trabajo estable, porque saben que difícilmente van a poder acceder a una vivienda propia.
«Los chicos saben que no van a poder acceder a una vivienda propia, como muy probablemente hicimos las personas de mi generación»- Silvina Ramos
Hay quienes señalan que esta es la primera generación que no sabe si va a poder cumplir las mínimas metas de superación respecto de las generaciones anteriores. Y los datos lo confirman.
También mencionaste un artículo reciente que vincula el uso del celular con la baja de la fecundidad.
Es un análisis que me resultó muy interesante porque puede sonar extraño a primera vista, pero los datos son contundentes. Para querer tener un hijo, uno necesita una vida sexual activa, un vínculo amoroso razonable, expectativas de poder conformar una familia. Sin vida sexual no hay embarazos. Sin vínculo amoroso —dejando de lado la violencia sexual, que existe y sabemos que existe— las personas no construyen familias.
Bueno, hay un artículo con datos de panel de muchos países —Corea del Sur, Alemania, Brasil, entre otros— que muestra curvas estadísticamente espectaculares sobre la relación entre la irrupción del celular en la vida de los jóvenes y la baja de la fecundidad. Y la razón es que todos los estudios están demostrando que los jóvenes tienen menos relaciones sexuales y menos vínculos afectivos. Hay un problema de vínculo social: el mundo de las redes y el celular está modificando los modos en que los seres humanos, y particularmente los jóvenes, construyen los lazos cara a cara, cuerpo a cuerpo.
No es un juicio de valor. No digo que sea mejor ni peor. Lo que digo es que la presencialidad, el cuerpo involucrado en la interacción con otro sujeto, no es lo mismo que estar escribiendo en un chat. Y eso tiene consecuencias sobre los vínculos desde los cuales se construyen los proyectos de familia. Hay muchas exploraciones en marcha para comprender mejor qué está pasando, y el fenómeno es demasiado complejo para reducirlo a una sola causa.
El presidente de la Nación hizo una vinculación pública y explícita entre la baja de la fecundidad y la legalización del aborto. ¿Qué dicen los datos al respecto?
La embestida del presidente de la Nación con relación a la baja de la fecundidad y su vínculo con la legalización del aborto es totalmente falsa. La fecundidad adolescente en la Argentina empezó a caer antes de la legalización del aborto. Eso no es una opinión, es un dato. La tendencia descendente es previa y responde a los factores que estuvimos analizando: cambios culturales, políticas de salud sexual y reproductiva, transformaciones en el mercado de trabajo, y también el fenómeno global de postergación de la maternidad que atraviesa a todos los países del mundo, incluyendo aquellos donde el aborto no está legalizado.
Y además, aunque la cronología fuera otra —que no lo es—, habría que preguntarse cuál es exactamente el problema que se está señalando. Porque de lo que estamos hablando no es simplemente de que los chicos tienen menos hijos. Lo que estamos hablando, primero, es de que tienen menos maternidades forzadas y menos paternidades forzadas. Y eso es lo que nos debería preocupar sobre todas las cosas. Eso es lo que deberíamos querer. Que las personas traigan hijos al mundo cuando quieren, cuando pueden, cuando tienen las condiciones para hacerlo.
Esta no es la primera vez que se lanza esta narrativa. Han sido varias las embestidas en ese sentido, y en todas ellas se busca distorsionar la discusión, adjudicar responsabilidades que son falaces, y cargar sobre las mujeres y sobre las políticas de derechos la responsabilidad de un fenómeno que es estructural y global.
¿Es un problema para la sociedad la baja de la natalidad? ¿Cómo habría que plantear esa discusión?
La primera pregunta que hay que hacerse es: ¿un problema para quién? Porque la palabra problema siempre tiene una connotación negativa, y hay que ver también quién tiene interés en presentarlo como tal.
Que la sociedad tenga menos población joven es algo sobre lo que hay que pensar seriamente. Nuestros sistemas previsionales están anclados en el trabajo formal: los aportes de quienes trabajan se distribuyen para sostener a quienes ya no trabajan. Eso genera tensiones que hay que abordar con políticas concretas. Pero ese es un análisis que debe hacerse con rigor y sin usarlo como coartada para culpabilizar a las mujeres.
Mis parámetros no son que las mujeres tienen la responsabilidad de tener hijos porque los hijos son fuerza de trabajo que va a permitir sostener a los viejos en el futuro. Eso no es el parámetro para discutir. Lo que tenemos que preguntarnos como sociedad es: visto que las personas toman estas decisiones —más o menos libremente—, ¿qué hacemos con esto? ¿Qué tipo de estrategias construimos para vivir mejor? ¿Cómo rediseñamos los sistemas de cuidado, los sistemas previsionales, las políticas de vivienda?
Ponerlo en el mundo de los problemas me parece que es demonizar un fenómeno que vino para quedarse. Entonces, mejor que lo abordemos de una manera más amorosa. Porque si lo demonizamos, si lo cargamos de culpa y de alarma moral, no tenemos ninguna posibilidad de encontrar respuestas que sirvan. Y la sociedad merece ese debate, pero con rigor, con datos y sin instrumentalización política.
Silvina Ramos es socióloga e investigadora. Integra los equipos del Centro de Estudios de Estado y Sociedad (CEDES), organización de referencia en investigación en salud, sociedad y política pública en Argentina.
