La Iglesia y un claro mensaje que incomoda al poder político

Una homilía que incomodó en el Tedeum del 25 de mayo y una encíclica papal «Magnifica Humanitas» sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial, publicada el mismo día plantean, desde ángulos distintos, la misma pregunta urgente: quién pone límites al poder cuando el poder ya no tiene fronteras visibles.

La tarde del 25 de mayo, con Javier Milei sentado en primera fila de la Catedral Metropolitana, oyó al arzobispo de Buenos Aires, monseñor Jorge García Cuerva, hablar de odio, de violencia política, de una sociedad que se está desgarrando. Lo dijo con citas bíblicas y con referencias que no dejaban lugar a dudas sobre a quién estaban dirigidas.

En Y de repente la noche analizamos estos dos mensajes de la Iglesia, junto al politólogo Gustavo Tarragona, director de la carrera de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Facultad Teresa de Ávila de la UCA, para quién el episodio no es nuevo ni aislado., sino que es parte de una relación históricamente compleja entre la Iglesia Católica argentina y la clase dirigente, que en este momento atraviesa una reconfiguración profunda.

¿Qué leés en la homilía de García Cuerva, más allá del momento político concreto?

Lo que García Cuerva viene marcando reiteradamente es la pérdida de humanidad en la política. La exacerbación de posturas, lo que algunos llaman polarización o grieta. La Argentina se construyó sobre esa polarización, no es algo nuevo, pero lo que no se había visto con esta gravedad es la violencia instaurada desde las máximas figuras del Estado.

La escena tiene antecedentes. En los primeros años de la recuperación democrática, el presidente Raúl Alfonsín tomó la palabra en la Catedral durante un Tedeum en lo que Tarragona describe como una especie de derecho a réplica, bastante fuera de protocolo. La tensión entre púlpito y poder ejecutivo no es de ahora.

García Cuerva, que fue obispo auxiliar de Buenos Aires cuando Jorge Bergoglio era arzobispo, luego obispo de Río Gallegos y recientemente nombrado en la arquidiócesis más importante del país, habló de una Argentina herida por la desigualdad y advirtió sobre la sombra de un desmembramiento social. Nadie en el gobierno respondió.

¿Eso le quita o le suma peso político a la Iglesia?

La Iglesia Católica ya no tiene el peso político que tenía a comienzos del siglo XX. El primer Congreso Eucarístico de 1934, acá en Buenos Aires, congregó a millones de personas. Esa iglesia no existe más. Está en retirada frente al avance de otras expresiones religiosas, sobre todo las corrientes evangélicas, que han logrado construir una presencia territorial y una relación de cercanía cotidiana que la Iglesia Católica fue perdiendo.

Esa pérdida de territorio tiene también una dimensión económica. El Estado nacional financia el culto católico, y esa dependencia, señala Tarragona, condiciona lo que la Iglesia puede decir y en qué tono puede decirlo.

 

«Si dependés económicamente de otro actor, estás condicionado en lo que podés decir, en el tono, en la oportunidad», Gustavo Tarragona.

 

La Conferencia Episcopal viene avanzando hacia una mayor independencia económica del Estado. Colectas, aportes solidarios de los fieles, otros mecanismos. El objetivo, según el análisis del politólogo, es recuperar márgenes de autonomía para sostener una voz crítica sin que esa voz quede atada a quién firma los cheques.

¿Y el hecho de que Milei tenga una opción religiosa diferente cambia el escenario?

Nuestra Constitución dice que la Nación sostiene el culto apostólico romano. Es una referencia institucional. Pero hoy tenemos un presidente que tiene otra opción religiosa, y eso genera un corrimiento también desde el punto de vista simbólico respecto de hasta dónde se siguen las recomendaciones de las autoridades eclesiásticas.

El mismo 25 de mayo en que García Cuerva hablaba en Buenos Aires, el Vaticano publicaba la primera encíclica del Papa León XIV. El documento no es un texto de devoción interna. Es una advertencia dirigida a toda la humanidad, sin distinciones de fe, sobre el poder tecnológico que ya no está en manos de los estados sino de actores privados transnacionales con recursos superiores a los de muchos gobiernos juntos.

El nombre del documento remite deliberadamente a otra encíclica. En 1891, el Papa León XIII publicó la Rerum Novarum, el texto fundacional de la doctrina social de la Iglesia, como respuesta a un capitalismo que deshumanizaba a los trabajadores. Un capitalismo que concentraba poder y lo ejercía sin contrapeso estatal.

 

«No creo que sea una coincidencia. Cientos de años después, otro León publica una carta circular dirigida a todo el mundo, centrada en algo que está cambiando nuestra vida de una manera que todavía no sabemos medir», Gustavo Tarragona.

¿Cómo categoriza la ciencia política este nuevo tipo de poder?

La globalización viene haciendo que los estados pierdan poder frente a las empresas transnacionales. Eso va de la mano del neoliberalismo, que tiende a restringir la capacidad estatal. En la pandemia vimos una suerte de reconquista del poder estatal para hacer frente a la crisis, pero son situaciones cada vez más pasajeras. Hoy hay un mercado conformado por actores cada vez más poderosos. Y la tecnología es su expresión más concentrada.

La encíclica de León XIV plantea una distinción que Tarragona retoma como especialmente relevante desde la teoría democrática: la diferencia entre democracia formal y democracia sustantiva. Los algoritmos y los sistemas de inteligencia artificial, advierte el documento, moldean el imaginario colectivo y los procesos de decisión política. Una democracia puede seguir funcionando en sus formas —elecciones, parlamentos, constituciones— mientras su sustancia, la voluntad libre de los ciudadanos, está siendo intervenida.

Esto ya no es una hipótesis. Cambridge Analytica lo admitió públicamente en un juicio: modelaron y torcieron la voluntad de votantes. La sospecha sobre la influencia de Rusia en la última campaña presidencial de Estados Unidos que llevó a Trump a su segunda presidencia también está sobre la mesa.

Para ilustrar la escala del problema, Tarragona cita el trabajo de la socióloga Shoshana Zuboff y su concepto de capitalismo de vigilancia: la idea de que cada usuario de redes sociales genera un excedente económico que las grandes plataformas capturan, procesan y utilizan no solo para predecir conductas sino para modificarlas.

Zuboff documenta un caso concreto: ciertos modelos de aspiradoras inteligentes vendidas en Estados Unidos tenían microcámaras incorporadas que los clientes desconocían, y que enviaban imágenes en tiempo real a las empresas. Acceso a la intimidad del hogar sin ningún consentimiento.

Otro ejemplo más cercano al consumo masivo: el fenómeno Pokémon Go. La empresa desarrolladora lo vendió a Google, que utilizó la ubicación de los personajes del juego para vender espacios a negocios. Los Pokémones aparecían en heladerías y locales de ropa infantil, no en consultorios médicos.

 

«Ya no son solo los clicks. Es moldear nuestra conducta en favor de determinados intereses», Gustavo Tarragona.

 

¿Qué marco normativo propone la encíclica?

La encíclica advierte que la tecnología no es buena ni mala en sí misma. El uso que se hace de ella puede mejorar la vida o todo lo contrario. Pero para eso hace falta un marco de control que en este momento no existe, que supere la capacidad de los gobiernos particulares porque el fenómeno es global y los actores que concentran ese poder tienen recursos superiores a los de muchos estados.

Dos documentos, una misma semana, una misma pregunta de fondo: qué queda del bien común cuando el poder se atomiza en algoritmos y se ejerce sin accountability. La Iglesia formuló la pregunta. Los gobiernos, por ahora, siguen sin responderla.

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