Agustina Troncoso y Brazu Bazán estuvieron en el velorio del Indio Solari. Hablaron desde el dolor y desde la convicción. Lo que vivieron en Avellaneda, lo que provocó en ellos y lo que dicen sobre quienes intentaron reducir esa multitud a un estereotipo.
Por Sandra Miguez | Y de repente, la noche
Cerca de un millón de personas se movilizaron el domingo para despedir al Indio Solari en Avellaneda. La fila superó las 70 cuadras. Llovía. Vinieron de todo el país. Fue, según varios historiadores y analistas, una de las convocatorias populares más grandes de la historia argentina.
Como enumeró el periodista Carlos Pagni, la muerte del Indio movilizó al país y fue algo solo comparable con hechos históricos como los funerales de Irigoyen, de Eva y Perón, de Alfonsín, de Kirchner, Menem o Maradona.
La respuesta de ciertos sectores del oficialismo y sus medios afines fue previsible: no hubo duelo que analizar sino masa que clasificar.
Como por ejemplo la frase que sintetizó el periodista Esteban Trebucq con un argumento con notable precisión clasista: la multitud representaba, según él, «el culto a la marginalidad».
La ecuación que trazó fue simple —y reveladora—: popular equivale a marginal, marginal equivale a peligroso. El remate fue este: «Ayer hubo más de un millón de personas, pero hoy la mayoría del pueblo se levantó a trabajar».
Parece que para estos sectores: el que llora no trabaja. El que hace fila no produce. El que despide a un artista es sospechoso de algo.
En redes sociales el registro fue más crudo: «faloperos», «kukitas», «los que cagan en la calle». La retórica de la higiene social aplicada a quienes fueron a despedir a su ídolo.
El mecanismo no es nuevo. Cada vez que una multitud se autoconvoca sin permiso partidario ni conducción institucional, aparece el mismo repertorio de descalificaciones.
El estigma funciona como herramienta política: si lográs que la gente que fue no se reconozca como sujeto legítimo, lográs también que la escala del fenómeno no sea leída como lo que fue: un movimiento social espontáneo en el momento, pero que lleva años de gestación por obra de un músico que supo interpretar como nadie a cientos de miles de jóvenes.
Esos jóvenes que junto a miles de personas organizadas, respetuosas, bajo la lluvia, despidieron a alguien que les importaba, que lo sentían propio. Eso, para algunos, resulta más incómodo que cualquier desorden.
Agustina Troncoso y Brazu Basán viajaron desde Paraná para estar en el último adiós al Indio. Conversaron en Y de repente la noche sobre lo que fue esta despedida.
¿Cómo llegó la noticia el viernes?
«Fue un baldazo de agua fría. Al principio no creía, tardé un tiempo en entenderlo. Me bajoné y todo. Pero ahí enseguida pensé: vayamos», cuenta Brazu Bazán, que desde 2017 organiza viajes a recitales a través de su emprendimiento Tripa y Corazón Viajes. Fue él quien armó la logística para llevar gente al velorio en Avellaneda, a precio de costo.
Cuando desde la producción de Y de repente la noche contactamos con él, no podía mandar un audio porque se quebraba emocionalmente. «Llegaba al final de los audios y no podía», dice. El quiebre también viene de lejos.
¿Cómo fue la organización del viaje?
«Fue difícil porque no sabíamos cuándo iba a ser el velorio. Pensábamos que iba a ser el sábado, no había colectivo, después se pasó al domingo. Me desperté el sábado, hasta las 10 de la mañana no teníamos nada y ahí apareció un colectivo. Ya está, vayamos. Estuvimos todo el sábado trabajando para garantizar esto», recuerda Brazu.
¿Qué encontraron cuando llegaron?
«Eran casi 7 km de gente», dice Agustina. «Cuando llegamos al galpón y empecé a ver en las pantallas lo que estaba pasando adentro, entendí a lo que estábamos yendo. A medida que iba pasando metros, los bomberos te iban guiando».
Adentro, el quiebre fue inevitable. «Fue llorar, mucho quiebre, mucha gente acompañándose, abrazándose. Salí, caminé esa cuadra hasta las vallas de salida, llorando. Todos estábamos iguales», describe.
¿Por qué el Indio?
Brazu Basán lo define con una imagen tomada de Galeano: «Para nosotros es algo así como el Dios de los rotos. Los nadies que no tienen religión sino supersticiones, que no hacen cultura sino artesanías». Y agrega: «Es quien te susurra en los momentos más difíciles de tu vida, casi como un padre. Cosas tan importantes que te ayudan a levantarte y a seguir».
Para él no es metáfora. «Me he encontrado en momentos muy ásperos de mi vida. Y estar el Indio ahí, diciéndome levantate».
Agustina suma otra dimensión: «Estos días yo hablaba de lo roto, de lo fisura, de lo dejado, de lo renegado. Y en un segundo se me fue, escuchándolos a estos personajes del país», dice al referirse a los comentaristas que calificaron a la multitud con términos despectivos. «Me quedé pensando cómo lo doy vuelta. Y es lo que siempre pasa cuando hay algo masivo, algo popular: el temor que les da ver a tanta gente, que no son ellos, juntos».
¿Qué pasa con las descalificaciones?
Agustina va por partes. «Primero, desde el enojo: si Majul me quiere mandar a trabajar, que me dé trabajo porque estoy desempleada. Con gusto iría si tuviera un ingreso. Como no lo tengo, voy a despedir al Indio».
«Segundo, desde la razón: lo que puedo contestar es con el ejemplo de la abuela que había ido con su nieto para que el nieto se burle de la gente que estaba ahí. Y al final dijo: son pibes que cantan, bailan, se abrazan, lloran. Bienvenidos todos los que descubrieron que somos humanos. Y que somos mejores humanos que los que se van a burlar».
«Y desde lo emocional me quedo con el pibe que levantaban en la silla de ruedas. Él tiene una discapacidad de nacimiento, más de 26 operaciones en su vida. Y decía que a todas las cirugías a las que entró pidió que le pusieran al Indio o a los Redondos antes de entrar. Él decía: no sabía lo que iba a pasar después, pero por lo menos me iba a dormir escuchando la música que me gusta. Es eso también».
Una reflexión final…
«El Indio va a ser recordado como uno de los intelectuales y poetas más lúcidos de nuestra época. Ese día que estuvimos ahí también lo vamos a poder contar a nuestros hijos y nietos. El resto no va a ser recordado. Es parte de la coyuntura».
