Por Sandra Miguez

Hay un libro que vuelvo a buscar cada vez que el debate público repite sus mismos nudos: «Un país de novela. Viaje hacia la mentalidad de los argentinos», de Marcos Aguinis, publicado en 1988. Lo leí en la universidad y hoy, frente a la campaña que instala la pregunta de si los argentinos somos racistas, vuelvo sobre sus páginas para pensar este presente.

El libro se abre con un proverbio: hay tres cosas que me son ocultas, y ni siquiera conozco la cuarta. También con una frase de Enrique Santos Discepolo, que definía a la Argentina como un país que necesita salir de gira consigo mismo. Ese doble epígrafe ya anticipa el método: mirar hacia adentro para entender lo que se proyecta hacia afuera.

En el capítulo 10, Aguinis escribe: «Refresquemos estas porciones de historia para acercarnos a los núcleos de la idiosincrasia argentina. Remontémonos, por ejemplo, al siglo XVI. Los conquistadores conocen largas guerras para discriminar, perseguir, maltratar, expulsar, asesinar. Para poder escribir su epopeya incomparable necesitan algo más efectivo que el odio: el desprecio. Desprecio al otro, al diferente, que puede llamarse infiel, moro, judío. Luego hacia los conversos, a quienes se apoda marranos o chuetas, para seguir faltándoles el respeto.

Los habitantes de América son más fáciles de distinguir que los moros, judíos, herejes o protestantes. Tienen diferente color de piel, diferente mirada, diferentes costumbres, diferentes ritos, diferentes ropas, diferentes conductas. Contienen el zumo de la diferencia. Un indio puede adivinarse bajo cualquier máscara y se lo puede maltratar sin el peligro de que el cielo formule reclamos.

De las carabelas descienden hombres rudos, perros, caballos y armas de probada eficiencia, y desembarca un enorme desprecio, nutrido en centurias de enfrentamientos y prédicas, avivado además por el combustible de la Inquisición. El poder del conquistador no tolera las impugnaciones que le insinúa la indiferencia. A la diferencia, en el fondo inquietante, hay que atacarla, degradarla y hacerla desaparecer de la realidad para que no siga incomodando».

Esa genealogía del desprecio explica algo que seguimos arrastrando. Los indios, los compadritos, los sudacas, los violentos, los pobres, los marrones, los exiliados del primer mundo: todo eso somos. En nuestra sangre corre el malevaje, el gaucho, los montoneros, los colorados, los hacheros del monte, los patagónicos rebeldes, los anarquistas, los del Cordobazo, las huelgas obreras, las abuelas, las madres, los hijos. Civilizados unos, bárbaros los otros, en este sur del mundo reconocemos esa historia y no nos pesa.

Somos la periferia, el barrio, la tierra. Desprolijos por naturaleza, rebeldes, sobrevivientes. No nos sorprende la imposición de lo blanco ni que nos pongan motes cada vez que rompemos algún código que quieren imponernos. Y sin embargo, en esta tierra convivimos desde hace siglos con todo aquel que quiso habitarla. Recibimos a miles de exiliados por el hambre, la guerra, el desprecio, la muerte, y aquí encontraron refugio cuando en sus países ya no quedaba más que dolor. Esa es también nuestra sangre: la que se abre, la que aloja.

Sobrevivimos siempre con rabia, con dolor, con una resistencia que nos llena de orgullo, porque la rebeldía ante la injusticia es la misma que la rebeldía ante el insulto. Duele como una cachetada y por eso no se calla. Algo difícil de entender, incluso para nosotros mismos. Solo hace falta tener los pies sobre esta tierra y conocer cómo se tejió esta historia, que corre en nuestra sangre mestiza, en este crisol de razas.

Para todo lo demás está el centralismo extranjerizante: el que insulta pero se tapa la boca, el que se cree ajeno a la discriminación, al racismo y a la exclusión, el que nos enseña a comportarnos, el puro, el inmaculado, el amnésico de su propia historia de traición y saqueo.