Entrevista a Andreas Schäfter | Por Sandra Miguez, Santiago Erguy Alcain y Stefanía de la Fuente
Y de repente la noche
Andreas Schäfter es alemán, padre de dos hijos, llegó al País Vasco en los años ochenta y eligió quedarse. No como turista de causas, sino como alguien que pone el cuerpo en los procesos que valora. Trabajó durante años en el Centro de Investigación por la Paz Gernika Gogoratuz —cuyo nombre significa Recordando Guernica— y fue parte del Comité Ejecutivo de la War Resisters International, la organización pacifista fundada en 1921 que coordina movimientos antimilitaristas en todo el mundo. Desde el trabajo comunitario, en talleres con padres y madres, en programas con adolescentes, ha construido una perspectiva que no separa lo micro de lo macro, ni la educación de la política, ni la memoria del presente.
Lo conocimos en Guernica, casualmente, mientras daba referencias históricas a un grupo en el refugio antiaéreo. De ese encuentro surgió esta conversación.
– Estamos hablando de guerras en plural, no solo de una. ¿Cómo lo vivís vos desde Guernica?
Este conflicto tiene un recorrido bastante largo, tristemente. Y es como otra de esas «guernicas»: así llamamos al centro donde trabajé que quiere decir *Recordando Guernica*. Cuando recordamos Guernica, queremos recordar también todas esas otras Guernicas que hay en el mundo. Desgraciadamente, la lista es muy larga.
Una guerra tiene un impacto tremendo, no solamente económico, sino sobre todo en la gente. Si pensamos en los millones de personas desplazadas, en todas las muertes, los destrozos… es tremendo. Me sentía muy triste que tengamos nuevamente un conflicto de esas dimensiones, que todavía no sabemos hasta dónde va a llegar. Y además tiene el peligro adicional de que Israel tiene la bomba atómica. Tampoco podemos olvidarlo.
Ahora bien, yo no sigo tanto el análisis de cómo se está desarrollando la guerra, sino que me impacta todo el sufrimiento que está causando, porque de alguna forma fui testigo indirecto de eso en Guernica, cuando empecé a conocer sobrevivientes de aquel bombardeo. El primer bombardeo en que la población civil fue objetivo directamente. La ciudad quedó destruida en un 85 por ciento. Eso supuso un cambio en cómo se llevaba la guerra. Tristemente, Guernica hizo famoso también eso.
Hay otras guerras olvidadas: Yemen, que también está en Oriente Medio. Sudán, Mozambique, El Congo en África. Como no están en los medios, las tenemos olvidadas. Y además, lo primero que muere en las guerras es la verdad.
–La idea de conocer lugares en el mundo pura y exclusivamente porque han sido víctimas de bombardeos o masacres ya de por sí nos debería hacer mucho ruido. ¿Hay algo estructural detrás de eso?
La guerra civil española —yo la llamo así, aunque creo que está mal llamada, porque fue una guerra con intervenciones de todo tipo desde fuera— nos muestra cómo en todos esos conflictos hay intereses externos, aunque luego el enfoque se pone en la población local y muchas veces se la denomina «guerra civil».
Las guerras de hoy tienen muchas caras. A veces los efectos de un proyecto extractivo en una zona determinada pueden llevar, precisamente, a un conflicto armado. Y entonces tenemos que pensar qué tipo de economía puede llevarnos a la paz. La economía capitalista hegemónica a nivel global, que se basa en el único objetivo de las ganancias, no puede acercarnos a la paz. Una economía que no reconoce los límites en un mundo limitado necesariamente nos lleva a conflictos. Eso en parte lo estamos viviendo ahora, aunque casi siempre ha habido intereses económicos detrás de las guerras.
–¿Por qué la paz siempre parece estar en desventaja?
Desde luego estamos totalmente en desventaja. Imaginate todas las energías, los días y los esfuerzos económicos que se hacen para hacer la guerra, para cultivar la cultura de la guerra, y los pocos recursos que se destinan a construir una cultura de paz.
Lo que pasa es que para construir la paz y educar para ella, hay que ser consciente de que hoy tenemos los conocimientos suficientes para gestionar nuestros conflictos de otra forma. Pero aun siendo así, no estamos recurriendo a ello.
De alguna forma, tal como crecemos hoy y como se nos ha construido en nuestra propia subjetividad, estamos casi incapacitados para ser seres humanos más pacíficos. ¿Por qué? Porque se nos ha expropiado la capacidad de cooperar. Se nos ha expropiado un sentido de «nosotros», con un individualismo exacerbado que pone el enfoque en el individuo y su libertad casi sin frenos ni límites. Y también hay algo en cómo percibimos al otro: generalmente como un posible peligro, en lugar de verlo como la posibilidad de conocer algo diferente que nos puede hacer crecer.
Hemos atravesado además una pandemia que también ha dejado sus huellas en ese sentido. Y encima, en la pandemia se usaba lenguaje de guerra para hablar de una cuestión que era de salud.
Ese miedo al otro muchas veces no viene de que el otro sea tan diferente, sino de que al ver en el espejo del otro otra posibilidad de ser humano, otra cultura, perdemos nuestra seguridad sobre nuestra propia construcción cultural. La humanidad no se hubiera podido desarrollar sin el encuentro entre diferentes culturas. Lo que pasa hoy es que el miedo que se propaga hacia el otro es tremendo.
-¿Cómo se construye una memoria colectiva de que el conflicto bélico no debería ser la única opción? ¿Cómo lo hicieron en Guernica?
En Guernica se consiguió de alguna forma salir de la imagen de ciudad mártir, víctimas de un bombardeo, y hacer una apuesta por la paz. En parte porque desde un principio se evitó caer en un victimismo que se queda en el dolor.
«Lo fundamental es poder hacer el duelo sobre lo que ha pasado para pasar a otra fase, para que no se vuelva a producir en otros sitios. La no repetición».
Ahora bien, en Guernica durante muchos años tristemente no se daba una condición previa para eso: conocer realmente los hechos. Nunca hubo una comisión de la verdad sobre la guerra de España. Y hablar del bombardeo de Guernica estuvo prohibido durante toda la época franquista, incluso tardó hasta los años 80 en normalizarse poder hablar libremente.
Fueron los propios sobrevivientes, junto a instituciones como el Centro de Investigación por la Paz y el Museo de la Paz —fundado más tarde—, los que contribuyeron a que Guernica no solo sea un referente sobre la tragedia del bombardeo, sino un lugar que promueve la paz en el mundo. Y ahí también influye que Guernica siempre fue para los vascos un símbolo de los derechos de los pueblos, de una democracia más participativa, de base. En cierta forma, un precursor de los derechos humanos. La UNESCO la reconoció como ciudad de la paz y de los derechos humanos en 2003.
–Alemania pidió perdón, al menos institucionalmente. No así el Estado español. ¿Qué pensás del pedido de disculpas a nivel estatal y de cómo lo reciben las comunidades?
Hay algo curioso con esto. El proceso de reconciliación con Alemania fue un parto muy difícil, con muchos más y menos, y mucha gente no sabe lo complicado que fue.
El presidente de la República Federal de Alemania, Herzog, en 1997, ante la presencia de muchos sobrevivientes, admitió la implicación de los pilotos alemanes en el bombardeo. Hubo frases de claridad con las víctimas. Pero las palabras «pedimos perdón» no fueron pronunciadas. Sin embargo, se interpretó como tal.
Para la gente, el mero hecho de que una institución tan importante reconozca los hechos fue muy importante, porque durante décadas la versión oficial del franquismo fue que no habían sido los alemanes, sino las «hordas rojas» en su retirada las que habían incendiado la ciudad. Ese reconocimiento fue importantísimo, pero no suficiente.
Esa declaración hubiera quedado vacía si no la hubieran acompañado gestos concretos. Por ejemplo, el hermanamiento entre Guernica y Pforzheim, otra ciudad bombardeada y arrasada al final de la Segunda Guerra Mundial. Las asociaciones de los dos pueblos empezaron a tener encuentros, ese contacto personal hizo posible que poco a poco se fuera construyendo desde abajo ese proceso de reconciliación, que en el fondo nunca va a terminar, porque los hechos no se van a olvidar. Que hoy haya amistad entre personas alemanas y de Guernica es un hecho muy de valorar.
–Argentina fue pionera en tratar la dictadura como un problema de estado. Sin embargo, hoy estamos en una situación muy distinta a lo que podríamos haber esperado. ¿Por qué algunas comunidades no logran sostener ese nivel de conciencia?
Tienes toda la razón. No en todos los sitios se da el mismo desarrollo. Hay una cierta tendencia a dar por hecho que las guerras son cíclicas, que vuelven a ocurrir, que se normalizan, incluso que se naturalizan.
Porque generalmente no se tienen en cuenta todas las consecuencias de una guerra durante generaciones. Y hay una cierta política de contar la propia historia a través de los hechos violentos que, de alguna forma, normaliza la violencia, la hace invisible.
A nivel de educación para la paz, lo que se pierde muchas veces de vista es que tendemos a una actitud de «deber ser»: le decimos a la gente cómo se debe ser, en lugar de hacer una reflexión conjunta de cómo somos, cómo hemos llegado a ser lo que somos, y a partir de ahí construir algo nuevo. Eso a nivel micro puede trasladarse después a nivel macro.
– Antes de cerrar: cuando intercambiamos mensajes me dijiste que para vos es muy importante presentarte como padre. ¿Por qué?
Me gusta mencionarlo porque crecí en una familia con un padre ausente, siempre trabajando. Creo que gracias en gran parte al movimiento feminista, los hombres también hemos podido movernos un poco, aunque todavía estamos muy lejos de tener plena conciencia de que nosotros también tenemos una construcción de género hegemónico que no vemos, que nos limita de muchas formas.
Por eso ser padre, para mí, es una apuesta por la vida. Pero también una apuesta de estar presente en la educación de mis hijos, de otra forma que en su día podía ser mi propio padre, que podía estar con sus nietos pero con sus hijos prácticamente no podía estar.
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*Andreas Shäfter trabajó durante años en el Centro de Investigación por la Paz Gernika Gogoratuz (País Vasco, España) y fue parte del Comité Ejecutivo de la War Resisters International. Esta entrevista fue realizada en el marco del programa Y de repente la noche, periodismo humano con perspectiva de género.
