«¿Por qué la Justicia no avanza?»: familiares de tres adolescentes abusadas reclaman respuestas al Estado

A casi un año de la denuncia contra el exfiscal penal Federico Guillermo Uriburu por privación ilegítima de la libertad y abuso sobre tres menores, Ivana Rodríguez decidió hacer pública una carta para reclamar respuestas y avances en la investigación. En diálogo con Y de repente la noche, relató cómo se inició el vínculo entre su hija adolescente y Uriburu cuando él trabajaba como conductor de Uber, reconstruyó el episodio denunciado ocurrido el 30 de agosto de 2025 y describió las consecuencias que, según afirmó, la situación provocó en la vida de las tres adolescentes. Su reclamo se plantea desde el derecho de las víctimas a ser escuchadas, protegidas y a acceder a una investigación judicial efectiva.

La denuncia pública de Ivana Rodríguez pone en primer plano una situación que, según explicó, permanece sin respuestas para su familia desde el 30 de agosto de 2025. Ese día, tres adolescentes habrían quedado involucradas en un episodio que posteriormente fue denunciado por privación ilegítima de la libertad y abuso sexual.

La persona denunciada es Federico Guillermo Uriburu, un exfiscal penal que había sido apartado previamente del sistema judicial por hechos vinculados con violencia de género y conductas incompatibles con el cargo, según se explicó durante la entrevista.

En el momento de los hechos, Uriburu trabajaba como conductor de Uber. Rodríguez relató que el vínculo con su hija se había iniciado meses antes a través de viajes solicitados por la aplicación y que, progresivamente, se generó una relación de confianza que luego continuó por fuera de la plataforma.

La madre decidió hacer pública la situación porque, según sostuvo, después de las primeras actuaciones judiciales no recibió información sobre el avance de la causa. También cuestionó que las medidas de restricción de acercamiento hayan finalizado y afirmó que las adolescentes continúan atravesando consecuencias en su vida cotidiana.

El reclamo se inscribe, para la familia, en una cuestión que excede el expediente: el derecho de las adolescentes a ser escuchadas, a recibir protección y a obtener una respuesta judicial frente a una denuncia de violencia sexual.

¿Cuál fue el motivo de hacer pública la carta después de casi un año?

– Estamos a casi un año de aquel 30 de agosto de 2025 y al día de hoy no tenemos ningún tipo de respuesta, ni siquiera conocimiento de cómo avanza esta cuestión judicial. Esta carta trata de expresar la angustia interna de la familia y la angustia de mi hija, que en muchas oportunidades sigue en aquella noche.

Ella hoy tiene un montón de cuestiones para poder continuar con su vida diaria y me pregunta: “Mamá, ¿por qué no tenemos respuesta? ¿Por qué la Justicia no avanza? Vos me dijiste que había que denunciar, que teníamos que confiar”.

Yo le dije eso. Le dije que había que denunciar y que había que confiar y a casi un año de haber ido a la justicia no tenemos respuestas.

¿Cómo comenzó el vínculo entre tu hija y Uriburu?

-El vínculo comienza con mi hija tomando un Uber. Ella solicitaba los viajes y los compartía. Cuando terminaba uno de esos viajes, se generó confianza con ese Uber que ofrecía seguridad. Ella me comentó que tenía un canastito en el medio de los asientos con chocolates, alcohol, perfume, pañuelos. Funcionaba un poco como un trato paternalista: “Yo te estoy cuidando”.

En otra oportunidad volvió a solicitar el mismo Uber y se fue generando más confianza. Él le ofreció su número particular para que el viaje fuera más fácil, por el contacto directo y no tuviera que pagar por la aplicación.

Mi hija me lo contó en su momento. Yo no lo tomé como un riesgo. Él le decía que las cuidaba, que esperaba hasta que bajara o subiera.

¿Cuándo advertiste que esa relación estaba adquiriendo otra dimensión?

-Cuando mi hija me dijo: “Mamá, me mandó una cadena de oración”. Ahí le dije que ya me parecía demasiado y le pedí sus datos, su nombre, para saber de quién estábamos hablando. Ella me decía que era una persona que estaba triste, que se había separado, que había sufrido mucho. Me hablaba de un hombre grande y me decía: “Mamá, confiá. Yo charlando con él me siento mejor y él me dice que charlando conmigo se siente mejor”. Yo confiaba en ella. Lo que no me di cuenta es que yo tenía que seguir desconfiando de él, no de ella.

¿Durante cuánto tiempo se desarrolló ese vínculo?

-Fueron unos meses. En esos viajes él fue conociendo dónde estaba su casa, su colegio, su gimnasio y la casa de su hermana. Los últimos viajes ya no los tomaba por la aplicación. Mi hija compartía su ubicación conmigo y le transfería el dinero. Yo tengo todas las transferencias. Él incluso le devolvía el dinero porque quería cobrarle muy poco por los viajes. En ese momento él ya conocía distintos lugares vinculados con la vida cotidiana de mi hija.

¿Qué pasó durante la madrugada del 30 de agosto de 2025?

-Mi hija y una amiga iban a un cumpleaños. Primero llegaron a la casa de otras dos amigas y después, como eran cuatro, contactaron a Uriburu para que las llevara al cumpleaños. Más tarde, un grupo de seis o siete adolescentes decidió ir al parque. Como necesitaban un vehículo que pudiera llevarlos, volvieron a contactarlo.

Durante el viaje él escuchó que estaban hablando de que no tenían hielo. Paró en un drugstore, les dijo que esperaran y volvió con hielo y otras cosas. Era el amigo, uno más del grupo. Los dejó en el Rosedal. Mi hija fue la última en bajar y ahí él comenzó a decirle que ella no tenía idea de lo que estaba haciendo por él, que le estaba dando más de lo que imaginaba.

¿Qué ocurrió después de que las dejó en el Rosedal?

-Él continuó enviándole mensajes. Le decía que estaba cerca, que si necesitaba algo le avisara. Mi hija le respondió que se fuera tranquilo, que estaba con sus amigos y que, si necesitaba otro Uber, lo iba a pedir. Él insistía en que iba a estar cerca. Después le mandó una fotografía y le dijo: “Acá estoy como loco malo”. La fotografía era desde arriba del Patito Sirirí. Es decir, él había permanecido cerca del grupo.

¿Cómo volvieron a subir al vehículo?

Después comenzó una tormenta. y yo, por mi trabajo, estaba muy pendiente porque sabía que venía fuerte. La llamé y le pregunté dónde estaba. Me dijo que estaban en el Patito. Le pedí que se resguardaran y que comenzaran a pedir un Uber. Después me mandó una foto desde adentro de un vehículo y me dijo: “Acá estoy en el Uber, mamá”. Era el auto de Uriburu. Dos de sus amigas intentaban pedir un vehículo por la aplicación y no conseguían. Otra tenía poca batería. Entonces mi hija le preguntó si podía llevarlas a ellas y después llevarla a ella.

¿Qué pasó cuando las tres adolescentes subieron al vehículo?

Empezaron a caer las gotas. Él tenía una toalla y se las dio para que se secaran. También tenía su canastito y una botella de champán. Les pidió que tomaran. Ellas dijeron que no, que estaban bien, que querían irse a sus casas. Pero el vehículo no avanzaba. Según lo que me contó mi hija, él no arrancó hasta que las tres tomaron alcohol. Después comenzó a avanzar, pero no iba hacia ninguno de los puntos donde tenían que llegar. Volvió a parar en un drugstore y compró otra botella de champán con ellas adentro.

¿Cuándo empezaron a sentirse en una situación de riesgo?

Ellas empezaron a ponerse nerviosas. Mi hija decía que yo la estaba llamando y que tenían que llegar a sus casas. Él empezó a dar vueltas y finalmente tomó otra dirección. Mi hija recuerda una conversación en la que él comenzó a contar que había sido fiscal y que, según decía, por culpa de las mujeres había terminado donde había terminado. Después ocurrió lo que fue denunciado como una privación de la libertad y abuso sexual. Una de las adolescentes terminó conduciendo el vehículo y se produjo un siniestro que permitió que pudieran salir de esa situación.

No quiero entrar en detalles porque tenemos que preservar a las menores. Ellas, al principio, no se dieron cuenta de que estaban siendo privadas de su libertad o que habían sido captadas. 

¿Qué sucedió cuando tu hija tuvo que declarar?

Primero declaró en un juzgado civil y tuvo un peritaje psicológico. Después, cuando la causa pasó al fuero penal, la llamaron nuevamente para declarar. Yo pregunté por qué tenía que volver a declarar si ya había declarado y esa declaración había sido grabada. Además, había hablado con el equipo interdisciplinario durante esa misma semana. La psicóloga advirtió esa situación y pidió que por esos días no se la volviera a convocar. Pero después pasó mucho tiempo. Durante todo este año no volvieron a llamar a mi hija para declarar.

¿Qué medidas de protección tienen actualmente?

– Hasta el día de hoy no tenemos nuevas medidas. Las medidas de restricción de acercamiento terminaron en marzo, si no me equivoco. Él puede acercarse a la víctima. De hecho, lo hemos cruzado. Eso genera una situación muy difícil porque estamos hablando de una persona denunciada por un hecho grave y todavía no tenemos una respuesta sobre cómo avanza la investigación.

¿Qué impacto tiene esta situación en la vida cotidiana de tu hija?

-Creo que sería un alivio poder tener una respuesta, que esto avance y que ella pueda sentirse ella misma y más libre. Desde aquella fecha mi hija no volvió a ir a un gimnasio. Tiene miedo. No viaja sola en Uber. Si tiene que hacerlo, viaja acompañada por un familiar o por amigos. Tiene dificultades para estar en grupos de mucha gente y siente mucha fobia. Perdió parte de su vida. Hoy tiene 17 años. Acabo de venir de su viaje de egresados y tuve que acompañarla. Hasta ese punto necesitamos que esto avance.

¿Por qué te preocupa que Uriburu pueda continuar manejando un Uber?

-Cuando llamé a la fiscalía pregunté si él seguía manejando Uber y si tenía licencia. No lo sabemos. Me respondieron que eso dependía de la aplicación.

Entonces hoy la sociedad no sabe si esta persona sigue subiendo adolescentes o menores a su Uber. Necesitamos que estas chicas puedan estar tranquilas en esta ciudad y que, si esta persona sigue manejando, no pueda hacerlo con otra mujer o con otra adolescente.

¿Hubo un intento de resolver la situación económicamente?

-Lo que yo no puedo es probarlo, pero tampoco lo niego.

¿Qué significa para vos sostener una denuncia durante un año sin respuestas?

-Sostengo que hay que denunciar y que hay que continuar. Sé que las fuerzas a veces se acaban, que la familia termina teniendo un desgaste porque tenemos que tratar de contener toda esa situación. Estamos hablando de mi hija, pero yo no debería estar acá sentada. Estoy porque ustedes me dieron la posibilidad de poder escucharme y de poder leer mi carta.

Tengo la esperanza de que esto avance de alguna forma y que, al menos, la sociedad pueda saber que esto está sucediendo.

¿Qué esperás de la Justicia?

– No queremos anticiparnos a nada. Queremos que esto avance como corresponde. Necesitamos una investigación que permita determinar qué ocurrió y las responsabilidades que correspondan. También necesitamos que las adolescentes puedan sentirse seguras y recuperar su vida cotidiana.

¿Qué mensaje querés transmitir a otras familias que atraviesan situaciones similares?

– Sostengo que hay que denunciar. Sostengo que hay que continuar. Sé que las fuerzas a veces se acaban y que la familia termina teniendo un desgaste. Yo tengo la esperanza de que esto avance y que al menos la sociedad pueda saber que esto está sucediendo. No es el único caso en Paraná.

Necesitamos advertir a la sociedad que esto sucede y, si la Justicia no avanza, al menos poder comunicarlo, transmitirlo y continuar tratando de que esto tenga una resolución.

Un reclamo por derechos y garantías

La decisión de Rodríguez de hacer pública la denuncia coloca el caso en un plano que excede el reclamo particular de una familia. Según su relato, las adolescentes necesitan que el Estado garantice condiciones de protección y que la investigación avance sin que ellas tengan que asumir nuevamente el peso de explicar lo sucedido una y otra vez.

El reclamo también plantea una cuestión vinculada con el acceso a la Justicia: una denuncia de violencia sexual que involucra a adolescentes requiere investigación, protección de las víctimas y una respuesta institucional, mientras que las responsabilidades penales deberán ser determinadas por los organismos judiciales competentes.

En este caso, Rodríguez afirma que las primeras declaraciones y evaluaciones se produjeron poco después de los hechos, pero que posteriormente no volvieron a convocar a su hija. También señala que las medidas de restricción de acercamiento finalizaron y que la familia no recibió información suficiente sobre el avance de la investigación.

La consecuencia, según describe, se expresa en situaciones concretas: una adolescente que dejó de ir al gimnasio, que no utiliza sola servicios de transporte y que necesita estar acompañada en actividades que antes realizaba de manera autónoma.

“¿Por qué la Justicia no avanza?” es la pregunta que, según Ivana Rodríguez, su hija le formula después de casi un año.

La madre decidió hacer pública la carta porque entiende que denunciar también implica reclamar que las instituciones respondan. Y porque, en sus palabras, “hay que denunciar, hay que continuar”.

El pedido de la familia es concreto: que la investigación avance, que se garanticen los derechos y la protección de las adolescentes y que la Justicia determine, con las garantías correspondientes, las responsabilidades que pudieran existir.

Escuchá la entrevista completa:

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