La periodista brasileña Leticia Navarro analizó en Y de repente la noche el escenario electoral rumbo al balotaje entre Luiz Inácio Lula da Silva y Flávio Bolsonaro. Las alianzas que se reconfiguran después de la primera vuelta, el peso de las redes sociales, la disputa por el electorado que no fue a votar y las diferencias entre dos modelos de sociedad atraviesan una campaña en la que cada movimiento puede modificar el resultado.
La primera vuelta electoral en Brasil dejó un resultado que sorprendió a los principales sondeos y obligó a las fuerzas políticas a reorganizar sus estrategias de cara al balotaje. La disputa entre Lula da Silva y Flávio Bolsonaro abrió una nueva etapa de campaña, con negociaciones, respaldos cruzados y una fuerte batalla por el electorado que todavía no definió su voto.
En esta entrevista en Y de repente la noche, la periodista brasileña Leticia Navarro analizó el escenario político, las estrategias de comunicación de los candidatos y el peso de las diferencias ideológicas, económicas y religiosas. También advirtió sobre el papel que pueden desempeñar quienes no participaron de la primera vuelta y sobre la posibilidad de que un debate, una declaración o un escándalo alteren el curso de la elección.
—Las principales encuestadoras anticipaban un escenario favorable a Lula y algunas incluso planteaban la posibilidad de que no hubiera segunda vuelta. Sin embargo, el resultado fue diferente. ¿Cómo se vivió la jornada electoral en Brasil?
—Las encuestas acertaron con los números, pero se equivocaron de candidato.Creo que las encuestas ofrecen un panorama bastante superficial y a veces pueden equivocarse. En este caso, los números estuvieron relativamente cerca, pero se equivocaron de candidato: en lugar de estar Lula al frente, quien terminó en una posición favorable fue Flávio Bolsonaro.
Eso generó una sorpresa importante. El propio Lula se mostró sorprendido cuando se conocieron los resultados oficiales y quedó confirmado que tendría que disputar una segunda vuelta.
—Después de conocerse el resultado, comenzó una nueva etapa de negociaciones. ¿Cómo se están reconfigurando las alianzas políticas?
—A partir del lunes posterior a la elección, los partidos, los dirigentes y las alianzas comenzaron a organizarse. Aparecieron los respaldos de referentes de lo que en Brasil llamamos la tercera vía, es decir, candidatos que participaron de la primera vuelta, pero no consiguieron los votos suficientes para avanzar.
Ahora esos dirigentes tienen que definir qué posición adoptan frente al balotaje y a quién trasladan su apoyo. En este escenario, los respaldos de las fuerzas que quedaron afuera adquieren importancia porque pueden contribuir a ampliar la base electoral de los dos candidatos.
—En Argentina vimos cómo dirigentes que parecían irreconciliables terminaron aliados durante una segunda vuelta. ¿En Brasil también se producen acuerdos de ese tipo? ¿Hay respaldos que hayan sorprendido?
—No hubo una sorpresa tan grande como para descolocar completamente al escenario político, aunque sí hay movimientos que llaman la atención.
Tenemos el caso de Michel Temer, que asumió la presidencia después del proceso de destitución de Dilma Rousseff y que ahora respalda a Flávio Bolsonaro. Era un apoyo que podía esperarse más del lado de Lula.
Pero hay otro ejemplo muy significativo: Geraldo Alckmin, actual vicepresidente de Lula. Cuando competía políticamente contra él, llegó a cuestionarlo duramente durante un debate.
Alckmin dijo entonces que Lula era corrupto y que quería volver a la escena política, pero, en sus palabras utilizó la expresión «a la escena del crimen”. Se refería a los escándalos de corrupción por los que Lula había sido investigado y estuvo más de 500 días detenido.
Después, esos procesos terminaron con la anulación de las condenas que le impedían competir electoralmente. Según se debatió en el ámbito jurídico, hubo problemas relacionados con la competencia de los tribunales que intervinieron en su caso. No soy especialista en derecho, pero lo importante para entender la política es que Lula pudo volver a presentarse y terminó incorporando a Alckmin como compañero de fórmula.
La paradoja es que quien había cuestionado a Lula con tanta dureza terminó convirtiéndose en su vicepresidente. Eso muestra hasta qué punto las estrategias electorales y las alianzas pueden cambiar de acuerdo con las circunstancias políticas.
Las encuestas y la disputa por quienes no fueron a votar
—¿Qué se espera para el balotaje? ¿Qué indican las encuestas y cómo están leyendo los analistas este escenario?
—Las encuestas que estaba consultando mostraban resultados diferentes, pero con una tendencia favorable a Flávio Bolsonaro. Algunos sondeos lo ubicaban con una ventaja de entre dos y cuatro puntos, mientras que otros presentaban diferencias más amplias.
De todos modos, estamos ante una elección que puede deparar sorpresas. Hay un dato muy importante: alrededor del 21 por ciento del electorado no fue a votar en la primera vuelta. Es una cifra muy elevada en comparación con elecciones anteriores.
Esas personas tienen sus propias posiciones políticas, aunque todavía no sabemos cómo se distribuirán sus preferencias. Si una parte importante decide participar en el balotaje y votar por Lula, el escenario podría volverse más competitivo.
—Es decir que una parte decisiva de la campaña pasa por convencer a quienes no votaron o todavía no tomaron una decisión.
—Exactamente. Es posible que ese electorado termine definiendo la elección. Por eso, ambos espacios tienen que encontrar la manera de llegar a esas personas, despertar su interés y darles razones para participar.
Brasil está viviendo una campaña de una intensidad enorme. Es como un partido de fútbol en el que cada sector alienta con fuerza a su equipo. Las estrategias de ambos lados están a la vista y cada movimiento genera una reacción.
Cualquier apoyo, declaración, actitud o escándalo que salga a la luz puede convertirse en un factor capaz de modificar el resultado.
El debate presidencial y las estrategias de comunicación.
—En ese contexto, Flávio Bolsonaro había dicho que no participaría del debate con Lula, pero después confirmó su presencia. ¿Qué cambió en la estrategia de campaña y qué puede representar ese primer cara a cara?
—Es una pregunta muy importante porque permite observar cómo se está conduciendo la estrategia de comunicación de Flávio Bolsonaro y cómo reacciona frente a los movimientos de Lula.
Cuando Lula confirmó oficialmente que participaría del debate, Flávio Bolsonaro salió inmediatamente a las redes sociales, que son una herramienta central en su estrategia de comunicación y en las que tiene una presencia muy fuerte, para sostener que estaba esperando que Lula confirmara su participación porque, si él lo hacía primero, Lula no habría aceptado debatir. De esa manera, intentó presentar la situación como si Lula hubiera necesitado que su adversario diera el primer paso para decidirse.
Antes había dicho que estaba evaluando si concurriría y que probablemente no lo haría. Después de la confirmación de Lula, modificó su posición y anunció que estaría presente.
—Entonces, además de confirmar su participación, intentó instalar la idea de que Lula podía tener temor de enfrentarlo.
—Exactamente. Esa es la estrategia: construir un relato en el que el adversario aparezca como alguien que evita el enfrentamiento.
Hay que mirar el conjunto de los movimientos. Las redes sociales permiten reaccionar de inmediato, instalar una interpretación de los hechos y condicionar la manera en que el electorado recibe una noticia.
La campaña se desarrolla como una disputa permanente por imponer el sentido de lo que ocurre. Una información puede aparecer a la mañana y, para la noche, haber generado otra reacción, otra declaración y una nueva estrategia.
Por eso es tan difícil anticipar qué va a suceder. Todo cambia muy rápido y cada candidato intenta aprovechar las decisiones del otro para fortalecer su propia posición.
La abstención, la polarización y los electores que no se identifican con ninguno.
—Volvamos al veintún por ciento que no fue a votar. ¿Estamos ante una expresión de apatía política o puede haber también un rechazo a los dos candidatos?
—Pueden coexistir ambas situaciones. Hay personas que no fueron a votar por apatía, pero también hay un sector de la población que no se identifica ni con Lula ni con Flávio Bolsonaro.
Eso es importante porque la polarización puede dejar a una parte del electorado sin una representación con la que se sienta cómoda. Si ninguna de las dos opciones responde a sus expectativas, esas personas pueden decidir no participar.
Por eso, los candidatos necesitan llegar a ese sector y ofrecerle razones para votar. La pregunta es cómo lograr que alguien que hasta ahora no se sintió representado se levante y diga: “Voy a votar por este candidato”.
La campaña tiene que disputar ese voto, pero también tiene que conseguir que esas personas crean que su participación puede hacer una diferencia.
Religión, economía y dos maneras de entender el progreso
—¿Cuáles son los temas que dominan la conversación electoral? ¿Qué diferencias económicas, sociales o culturales pueden llevar a una persona a votar por Lula o por Flávio Bolsonaro?
—Es una pregunta amplia, pero hay algunos elementos que permiten entender la disputa. En Brasil existe una polarización política entre sectores de izquierda y de derecha, pero también hay un componente religioso que tiene un peso importante.
En términos generales, hay sectores católicos que respaldan a Lula y una presencia significativa de votantes evangélicos que apoyan a Flávio Bolsonaro. Sin embargo, creo que la diferencia no se explica únicamente por la pertenencia religiosa. También tiene que ver con las ideas sobre cómo debe progresar una persona y qué lugar debe ocupar el Estado en su vida.
Dentro de determinados sectores evangélicos existe una valoración muy fuerte del esfuerzo individual, el trabajo y la posibilidad de progresar a partir de la propia iniciativa. Desde esa perspectiva, algunas personas pueden interpretar las políticas de asistencia social como una forma de dependencia, aunque esas ayudas sean fundamentales para familias que no tienen recursos suficientes para alimentarse.
—¿Se trata, entonces, de una discusión sobre la meritocracia y el papel de la asistencia social?
—Sí, esa es una parte importante de la discusión. Hay personas que plantean que quieren desarrollarse profesionalmente mediante un empleo digno, tener la posibilidad de progresar y pagar menos impuestos para abrir un pequeño emprendimiento.
Quieren poner un negocio, una verdulería, una florería o un kiosco. Aspiran a construir una vida con mayor autonomía económica y consideran que el Estado debería facilitar ese camino.
Por otro lado, hay una visión que otorga mayor importancia a las políticas públicas de protección social y a la intervención estatal para acompañar a los sectores más vulnerables.
En esa diferencia también se expresan distintas maneras de entender la responsabilidad individual, la solidaridad y las oportunidades que tiene cada persona para mejorar sus condiciones de vida.
—¿Cómo se traduce esa diferencia en las propuestas de los candidatos?
—Lula plantea mantener e incrementar el Bolsa Família, el programa de transferencia de ingresos destinado a familias de bajos recursos, y continuar con las políticas de asistencia para quienes más las necesitan.
Flávio Bolsonaro, por su parte, busca instalar una propuesta vinculada con la iniciativa privada, el emprendimiento y las oportunidades de desarrollo profesional. Su discurso apunta a facilitar que las personas puedan trabajar, abrir sus propios negocios y encontrar mejores posibilidades de crecimiento.
Por ejemplo, aparece la expectativa de que un joven que termina la universidad pueda conseguir un empleo en el que desarrollarse profesionalmente y progresar.
Son dos formas diferentes de presentar el camino hacia una vida mejor: una pone el acento en la protección social y la otra, en la iniciativa individual y el desarrollo económico. Esas diferencias ayudan a comprender la polarización que atraviesa hoy a la sociedad brasileña y que se expresa con fuerza en esta elección.
